Catalejo

Comienzan las lecciones de la guerra no declarada

El viejo adagio se repitió: se puede saber cuándo comenzará una guerra, pero no predecir cuándo terminará.

El análisis sobre la no abiertamente declarada guerra entre el Estados Unidos trumpiano y el Irán fanático-teocrático es una tarea parecida a la de entender las razones de la inesperada ausencia de países considerados infaltables en el mundial de futbol. La realidad en ambos temas es el resultado de largos procesos no tomados en cuenta durante mucho tiempo por su enorme calidad histórica, llena de triunfos. Se repitió la arrogancia de considerar de segundo nivel a muchos países. Por un lado, la tecnología usada en una guerra donde no hay campos de batalla, porque se pelea entre una de costos multimillonarios en el aire y en el mar, pero no en campos de batalla. Por otro, el desgaste como carta de triunfo, en el lado iraní, está resultando más efectiva.

La primera lección de esta guerra es clara: el costo multimillonario de construir armas no implica una victoria fácil.

Admitir esto no es agradable. Rompe la lógica tradicional de la confrontación bélica y quienes consideramos mejor para la historia el triunfo de los países occidentales como Estados Unidos e Israel no podemos negar, porque está ocurriendo, la nueva verdad: los Goliats tecnológicos pueden ser vencidos con una piedra también tecnológica lanzada con el equivalente a una honda. La guerra ni siquiera necesita ser declarada porque depende de la efectividad de misiles de largo alcance y por tanto de enorme costo, cuya construcción necesita presupuestos interminables. La estrategia entonces debe ser una guerra de desgaste, papel de esos misiles y drones, en una mezcla donde se debe tomar en cuenta el factor del costo, determinante a un plazo largo o corto.

Un dron iraní cuesta entre 300 / 500 mil dólares. Un misil para derribarlo, tres millones. Al ser necesario utilizar varios para derribar uno, es una inversión poco eficiente, con el agregado de ser menor el tiempo para sustituirlos. La apertura del ahora cerrado estrecho de Ormuz gracias al uso de la Guardia, minas submarinas y lanchas rápidas, igualmente de menor tamaño y costo a la marina de guerra de Trump. Así como Putin desvalorizó su ataque a Ucrania y planificó una acción militar de pocos días, la realidad lo golpeó al tener ya cuatro años de combates en una acción impopular en su país y causante de desprestigio ante China, su verdadero adversario. El viejo adagio se repitió: se puede saber cuándo comenzará una guerra, pero no predecir cuándo terminará.

Las nuevas guerras confrontarán el rechazo interno por los muertos, “bajas colaterales”: el aumento del costo de la vida. Los políticos, el rechazo popular. Todo esto no tiene, o tiene muy poca, relación con factores ideológicos, y la tecnología disponible para los ciudadanos ciertamente proviene de fuentes no confiables, como las oficiales y las interesadas. Pero ahora ha entrado con mayor fuerza lo expresado y reportado por la prensa profesional, tanto escrita como transmitida por tecnología electrónica, pero además las voces independientes honestas. Esto es evidente al hacer una comparación con el tipo de informaciones a partir de la Segunda Guerra Mundial, Corea, Vietnam, Irak, Afganistán. Por supuesto, sigue la posibilidad del uso de la Mentira.

Independientemente del resultado de esta guerra, marcará cambios fundamentales en la relación con los ciudadanos, cuya principal debilidad será aferrarse y defender ciegamente, por un nivel precario de educación, a un pasado cada vez más difícil de defender. Las instituciones internacionales, como la ONU o la OEA —por ejemplo— deberán sufrir cambios para sobrevivir. El concepto de democracia necesitará una nueva definición, aplicando ciertos principios en forma obligatoria, limitando algunas libertades y tomando en cuenta las diferencias culturales de los pueblos, para transformarse en entes sin países privilegiados con derecho al veto. ¿Cómo? Está por verse, evidentemente. ¿Utópico? Tal vez, pero vale la pena intentarlo ante la actual realidad.

ESCRITO POR:

Mario Antonio Sandoval

Periodista desde 1966. Presidente de Guatevisión. Catedrático de Ética y de Redacción Periodística en las universidades Landívar, San Carlos de Guatemala y Francisco Marroquín. Exdirector de la Academia Guatemalteca de la Lengua.