Catalejo

Criterios para analizar el mundo pospandemia

Mario Antonio Sandoval

Conforme pasan los días aumenta la certeza de encontrar cura al coronavirus. Es momento de pensar en los criterio político-ideológicos manifestados en los países para combatirlo. Los gobiernos encabezados por Trump, López Obrador, Ortega, Maduro y Bolsonaro actuaron tarde o incluso aún ahora niegan tozudamente esta pandemia, palabra derivada del griego pan y demos, o sea todo el pueblo, o en este caso todos los seres humanos. El pensamiento necesario es el filosófico como base de los criterios y la ética de la economía. Escuché un desgarrador video donde un médico de España habla de la necesidad de dedicar más esfuerzos a quien tiene más posibilidades, no de curarse, sino de no implicar el desperdicio de medicamentos en tiempos de una crisis como la actual.

Esta escogencia, este jugar a Dios, se aplica en las guerras con los heridos: listón verde, amarillo, rojo o negro. Es un dilema explicado en la filosofía precristiana como escoger el mal menor. Horrible. Inhumano, pero necesario en circunstancias extremas. Algo así pasa al pensar en los efectos sufridos por la democracia y la economía, a la cual se le ha otorgado el papel de centro del universo humano. Nadie admitirá aceptar la idea de dejar morir a los ancianos o enfermos por razones económicas, pero eso es. Bill Gates tiene una frase muy clara: “recuperar la economía es más reversible que revivir a las personas”. Y cada vez sobresale la importancia y beneficio de gastar en salubridad, y en programas sociales, así como el crimen de recortar gastos en estas áreas.

El filósofo alemán Markus Gabriel, en un artículo digno de leer despacio, señala el error de considerar al progreso científico y tecnológico capaz por sí solo de impulsar el progreso humano y moral, sin el cual no hay verdadero progreso. Los científicos no pueden solucionar los problemas sociales comunes y esta pandemia nos lo enseña con los prejuicios racistas manifestados debido a estereotipos peligrosos. Califica al siglo XXl de pandemia resultado de la globalizacion, y predice otras peores si se actúa igual. Menciona a la crisis climática como más dañina, “por ser el producto del lento autoexterminio del ser humano”. No sé, ni me interesan por irrelevantes, los criterios de este filósofo respecto a ideología, política o religión.

Conceptos como “progreso” deben ser puestos en la lupa. Desde hace unos dos siglos, lo consideraba lineal y asegurado, al creernos vencedores de la naturaleza. Resurgen las palabras del jefe piel roja Seattle, quien hace siglo y medio dijo, en resumen, “somos parte de la Tierra y ella es parte de nosotros, la tierra es sagrada; es una hermana, no una enemiga. Lo que le ocurra a la Tierra le ocurrirá también a sus hijos. La Tierra no pertenece al hombre; el hombre pertenece a la tierra. El hombre blanco no quedará exento del destino común. Ese es el final de la vida y el inicio de la supervivencia”. Y en este caso se puede emplear el término progreso, por el cual algunas mentes espirituales ven un alejamiento del Creador.

La libertad debe mantenerse, ahora con claros límites a fin de no convertirla en libertinaje, a mi juicio causa del consumismo exagerado, inútil e injustificable. Y el valor de lo económico debe medirse en relación con el beneficio general, ahora conocido como derechos humanos. Todo esto transita por el gasto público, por la manera de construir un sistema impositivo fácil, sin posibilidad de interpretaciones. De nuevo, y para sorpresa de nadie, la corrupción resurge y salta a la vista. No combatirla en serio debería ser un crimen. Cuando se analicen los efectos de esta en los ciudadanos cuyas vidas serán cegadas por el coronavirus, no habrá lugar para discusiones. Son ideas simples, pero muy difíciles de aceptar y aplicar.