La buena noticia

Cuerpo y Sangre de Cristo

Mario Alberto Molina mariomolinapalma@gmail.com

Mañana celebra la Iglesia la solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo. La fiesta tiene el propósito de agradecer a Dios el sacramento que actualiza el sacrificio de Cristo en la cruz y es el medio por el cual, quien lo recibe entra en comunión con Cristo y se hace un solo cuerpo místico con él. Pero desde su origen, en el siglo XIII, la fiesta ha tenido también el propósito apologético de defender la comprensión católica del sacramento frente a los que negaban, ya en el siglo XIII, que Cristo pudiera estar real, sustancial y verdaderamente presente en el pan y el vino consagrados. Esta comprensión, atestiguada hasta en la literatura cristiana más antigua, ha tenido siempre detractores, pues es una convicción que supera toda evidencia sensorial. El propósito apologético se hizo más agudo cuando los reformadores protestantes se apartaron de la comprensión católica de la eucaristía y del sacerdocio. Pues la posibilidad de que el pan y el vino se transformen en el Cuerpo y Sangre de Cristo depende de que quien celebra el rito haya recibido el poder para realizar tal prodigio. Esa facultad la tienen los sacerdotes en legítima vinculación con los orígenes apostólicos de la Iglesia. Es un poder que Dios mismo concedió y conserva en la Iglesia y que Él hace operativo a través de quienes están legítimamente constituidos en el ministerio sacerdotal.

El sacramento recibe diversos nombres. Se llama “santa cena”, pues tuvo su origen en la última cena de Jesús con sus discípulos. Este es el nombre usual entre protestantes y evangélicos. Se llama “santo sacrificio de la misa” porque actualiza el sacrificio de Cristo en la cruz para nuestra salvación. Es nombre de indudable impronta católica. La palabra “misa”, también de cuño católico, deriva de la despedida final del celebrante, cuando oficiaba en latín, para referirse al envío del sacramento a los enfermos. Se llama “eucaristía”, es decir, “acción de gracias”, porque al instituirlo Jesús dio gracias a Dios por sus dones. Se llama también “fracción del pan”, pues Jesús, al establecerlo durante su última cena, realizó el gesto de partir una torta de pan de harina sin levadura.

Hay dos líneas principales de comprensión de este sacramento central de la fe católica. Una línea toma su punto de partida en el hecho de que es una comida, que Jesús la instituyó durante una cena, que evoca las comidas de Jesús durante su ministerio tanto con pecadores, como con amigos y con multitudes. En esta línea de comprensión se acentúan los aspectos de comunión. La santa cena une a quienes comparten el sacramento con Cristo y entre sí. La eucaristía es anticipo del cielo, de la vida eterna, que en el Nuevo Testamento tantas veces se describe con la imagen de un banquete en la presencia de Dios.

La otra línea de interpretación toma su punto de partida en las palabras que Jesús pronunció sobre el pan y el vino. Él declaró que el pan es su Cuerpo que sería entregado al día siguiente a una muerte en cruz y también que el vino es su Sangre que sería derramada para el perdón de los pecados y con la que se establecía la nueva alianza entre Dios y los hombres. Esta interpretación subraya que el rito hace presente el único sacrificio de Cristo, con el fin de permitir a quienes lo celebran y consumen participar en la muerte redentora de Cristo y alcanzar así su salvación.

Ambos significados destacan elementos constitutivos de la fe cristiana, de allí la centralidad del sacramento. Pero su santidad, importancia y eficacia deriva de la convicción de que en el pan y el vino se hace presente sustancialmente Jesucristo resucitado por concesión suya a la Iglesia en la persona de sus sacerdotes.