Catalejo

Daniel OrtegaSomoza arremete con toda fuerza

Mario Antonio Sandoval

El tirano de Nicaragua se llama hoy Daniel OrtegaSomoza. Inconscientemente admira la dinastía somocista y sus 44 años de dictadura hereditaria. Los sandinistas, autonombrados así para aprovecharse de la importancia histórica de Augusto César Sandino, tuvieron éxito al aprovechar el hartazgo popular en 1979. En 1990 fue defenestrado vía elecciones, pero volvió en 2007 con comicios amañados y allí está, buscando superar los 18 años seguidos de Tacho Somoza. Y allí está. Alguna vez lo entrevisté y tuve miedo, literalmente, al sentir su mirada fría, impenetrable, como me pasó con el salvadoreño Roberto D´Abuisson. Hoy siento desprecio y lástima porque para empeorarlo todo cogobierna con su esposa, Rosario Murillo, el poder tras el trono, y con sus hijos.

El “neosomocismo” supera con mucho al somocismo. Represión sangrienta —300 muertos en la última manifestación, cierre de partidos, capturas ilegales, casi secuestros a los adversarios políticos. Llegará como único candidato real, sin duda con unos cuantos dizquepartiditos sin posibilidades, para ser “electo” al mejor estilo norcoreano. Me queda claro: está superando a su mentor. Su control total de los organismos de Estado se parece demasiado al incipiente proceso similar actual de Guatemala. Ha sembrado el terror en el valiente pueblo nicaragüense y manda en el andamiaje pseudolegal, listo para permitirle cualquier otra barrabasada. Ha mantenido, eso sí, la misma mirada gélida de hace tantos años y una expresión donde la sonrisa es una gran ausente.

El pueblo nicaragüense, el de a pie, está temeroso de protestar y se siente enjaulado. Justificadamente, teme la represión porque queda impune y Ortega-Somoza lo sabe. Confía en la inutilidad, la indiferencia, la lentitud y casi complicidad de las instituciones internacionales: la OEA, la ONU, la Unión Europea las comisiones de Derechos Humanos. La región está polarizada, con Guatemala y Honduras empantanadas en la narcocorrupción. Los apoyos de sectores no oficiales se vuelven buenas intenciones, pero caen en el vacío. El dictador actual de Nicaragua tiene además buenas relaciones con integrantes de sectores económicos, locales y del istmo, solo interesados en beneficios económicos. Y ha sido así desde el somocismo, por lo cual en ese campo también emula a su tutor.

Un problema serio es la imposibilidad de una salida negociada y pacífica con participación de la comunidad o entidades internacionales. Los tiranos no salen así como lo comprueba con claridad Nicolás Maduro. El exguerrillero cuenta con el apoyo de este, de otros representantes de la izquierda de escasa cultura, como el peruano Pedro Castillo, quien planea impuestos sobre ventas, no ganancias; el mexicano Andrés Manuel López Obrador (quien saludó a la “presidenta Kabala” y antes, a “Giamaneti”) y el impresentable y ofensivo argentino Alberto Fernández, a cuyo criterio los mexicanos “salieron de los indios”, los brasileros, “de la selva”, y los argentinos “de los barcos que venían de Europa”. Para su jefa, Cristina Kirchner, “la diabetes es enfermedad de los pudientes”.

La actual situación de Nicaragua obliga a pensar en las ahora tímidas medidas gubernativas en Guatemala y analizarla en sus razones y consecuencias. Volviendo a Ortega-Somoza, comprende la difícil posición estadounidense en su feudo por su directa participación en Nicaragua desde principios del siglo pasado, pero la actual inestabilidad en el istmo ya causa problemas internos a Estados Unidos y los demócratas, a lo cual se une el peligro de lavado de dinero significado por la aceptación de Bukele al bitcóin y la imposible situación hondureña. Es un dragoncito de cinco cabezas. Los guatemaltecos debemos comprender estas realidades para después no sorprendernos.