Catalejo

Defenestrar a Trump, ¿venganza o aplicar la ley?

Mario Antonio Sandoval

Tomó solo cinco segundos al asesino matar al archiduque Francisco Fernando en 1914, pero originó cuatro años de la Primera Guerra Mundial, 20 millones de muertos –la mitad civiles-. Tomó dos horas el ataque japonés en Pearl Harbor en 1941, y un par de días la invasión a Polonia, para desencadenar seis años de la Segunda Guerra Mundial, que segó la vida de 50 millones entre militares y civiles, aunque algunos dicen que fueron el doble. Vietnam costó 58 mil vidas estadounidenses y un millón de vietnamitas. Son solo tres ejemplos de los terribles efectos de haber permitido el crecimiento de regímenes autoritarios, irrespetuosos de la ley. Son acciones fáciles de aplicar en todos lados, incluyendo Guatemala, por supuesto.

Y emergen los disímiles criterios de perdonar a los culpables. El asunto vale la pena analizarlo debido al irrespeto a la ley. Hay dos criterios: uno, sustentado –por ejemplo- por Israel respecto del holocausto hitleriano, merecedor de castigo, por principio, a pesar del tiempo pasado. Otro, sostenido por otras potencias, de perdonarlos cuando se han convertido en ancianos decrépitos y aun cumplen condenas. Lo menciono, aunque no afectaban mi vida cuando estudié en Berlín, mientras que en la enorme y muy gris cárcel militar de Spandau había docenas de guardias y un prisionero, Rudolf Hess, ya convertido en una piltrafa humana sostenida allí por la insistencia de los rusos. Fue en 1973.

El asunto viene a cuento por la insistencia demócrata de castigar a Trump, por medio de su expulsión del poder. A algunos les huele a venganza, no a justicia, pero antes de escoger debe reflexionarse sobre el dilema ético aristotélico de considerar bueno o malo, en sí mismo, un acto humano, no sus consecuencias. Trump fracasó en su intentona, y ahora debe prepararse para su etapa pospresidencial, posiblemente al mismo tiempo pre excarcelación, a pesar del indudable largo tiempo necesario para cumplir con las consecuencias de su acción, iniciada antes de su llegada a la Casa Blanca. Desde esta perspectiva su poder terminó para siempre, aunque no parezca ser así porque estará rodeado de sus millones, donde se situaba antes de saltar de la calle al Salón Oval.

Hacia afuera de Estados Unidos, quienes se habían alegrado porque en ese país hubiera alguien dispuesto a romper con las leyes cuando no le benefician, fracasó y ahora todo el mundo seguirá dándole la espalda, aunque sea muestra de cuero de lagarto. A quienes lo apoyaron por convencimiento fuera de Estados Unidos, se les debe hacer un llamado a la sensatez. Lo ocurrido es efecto, no causa; se deriva de una actitud de infinita arrogancia: si no gano, es malo y fue producto de malas artes de personas a quienes algún espíritu maligno los hizo caer en el engaño. Me extraña sobremanera la insistencia de los trumpistas chapines de negar la majestad de las leyes de Estados Unidos.

A mi criterio, se le debe poner bozal para evitar más peligros de movimientos burdos de turbas. Es excelente su decisión de no ir al traspaso de mando el 20 de enero, pues no se puede confiar en su capacidad y porque en realidad no merece estar allí. En un año se habrán calmado las aguas y el Partido Republicano podría recuperarse, siempre y cuando expulse a quienes actuaron para romper la institucionalidad. El tema ya pasó en apenas menos de una semana. Comenzaron a aclararse los nubarrones de tormenta invocados cuando se pidió -y se logró- a los ciudadanos estadounidenses actuar en forma descabellada. Finalmente, como guatemalteco siento envidia por la pronta resolución del conflicto en el Norte, cuya posibilidad en Guatemala no existe.