Catalejo

Día de la mujer causa sentimientos opuestos

Mario Antonio Sandoval

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Nadie con dos dedos de frente puede negar la terrible situación de la mayoría de las mujeres guatemaltecas, donde violentarlas y asesinarlas es un abominable hecho común. No se puede hablar en singular: no hay un prototipo de ellas, como tampoco de los hombres. Al estar divididas en los mismos pedazos del caleidoscopio social, ningún grupo puede pretender apropiarse de su representación, sobre todo si tiene el pensamiento nublado por prejuicios e ideologías muchas veces obsoletas. Uno de los aspectos más negativos contra los esfuerzos femeninos por lograr un mejor lugar en la sociedad son las acciones vandálicas, irreflexivas y absurdas para lograr avances y beneficios, porque sus efectos son contraproducentes y ahondan las ideas misóginas.

Tanto en Guatemala como en México y algunos países europeos también fue posible conocer y ver videos de grupos de mujeres causando destrozos. En el caso guatemalteco, toma fuerza la interpretación de tratarse de infiltradas con la consigna de vandalismo dirigidas a desprestigiar las sólidas y justificadas peticiones de igualdad ante la ley, salarios iguales, etc. La idea se afianza con la similitud de este caso con el incendio del Congreso hace algunas semanas. Las manifestaciones sin mala intención son pacíficas, como lo prueban las del Parque Central antes de la caída de Pérez Molina, pero las acciones como las hoy comentadas no fueron realizadas sin el apoyo de traidoras a la causa femenina y merecen el rechazo ciudadano, especialmente de las demás mujeres.

Todo ser humano le debe la vida a una mujer. Es una idea tradicional y verdadera. Por eso es admirable el principal, no único, de sus papeles: ser madre, tal vez no biológica, pero voluntariamente encargada de cuidar a los niños. En la sociedad machista como la guatemalteca –una verdadera vergüenza–, la mujer muchas veces debe llevar sola el sustento a la familia, en una realidad muy relacionada con la inaceptable situación económica del país, y –como se ha dicho– para triunfar debe ser doblemente buena, porque necesita vencer los estereotipos y los prejuicios arraigados por siglos. No pienso en los avances obtenidos por ellas, porque esos logros debieron haber existido siempre, pero sí admiro de todo corazón a quienes los tienen en cualquier campo.

Hay otra verdad innegable. Los avances de la mujer guatemalteca en el campo de la política actual se han visto opacados por las malas acciones de demasiadas de quienes la ejercen o desempeñan altos cargos en el sistema político y jurídico del país. Han sido igual de malas que los hombres, porque a causa de un error de simplismo intelectual, se les considera ángeles, cuando son seres humanos. Por eso en Guatemala los avances propios de la mujer del siglo XXI están concentrados en otras áreas: artes, deportes, carreras universitarias, empresariado, puestos de mando. Yo las felicito, aunque me causan más admiración quienes han logrado con esfuerzo casi sobrehumano ganar una primaria en alguna aldea perdida como primer paso para mejorar su futuro.

La admiración y respeto a la mujer se demuestra al permitirle desarrollarse en cualquier campo. Esta dura lucha, empezada hace décadas, ya comienza a dar algunos frutos. La educación de la mujer beneficia en mayor grado al país y es base para convertirlas en líderes y seguidoras de quienes tienen al respeto de sus derechos como una meta, pero sin vandalismo. Para mí, los sentimientos opuestos son dos: el positivo al apoyar esa tarea, de enorme beneficio nacional, y el negativo cuando me entero de esa violencia malintencionada, lo cual me causa mucha tristeza. No por eso dejaré de apoyar todos los esfuerzos sobre este tema realizados en nuestro país por mujeres y hombres guatemaltecos. Ese camino de mil kilómetros debe irse caminando paso a paso, con seguridad.