La buena noticia

Dios manda, el hombre discierne

Mario Alberto Molina mariomolinapalma@gmail.com

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El cristianismo heredó del judaísmo la centralidad de la moral en la vida de fe. Tanto en el judaísmo como en la iglesia cristiana hay ritos, culto, liturgias. Pero tanto, los profetas del Antiguo Testamento como Jesús en el Nuevo insisten una y otra vez en que el rito no tiene valor, si no lo sustenta la integridad moral de quienes en él participan. Ni los profetas ni Jesucristo proponen una religión sin ritos ni culto; pero ambos ponen la sede de la religión en la obediencia a la voluntad moral de Dios. Este rasgo contrasta con las religiones cuyo centro es el rito que garantiza el orden cósmico y el bienestar de la comunidad que lo realiza. ¿Por qué la tradición religiosa judeocristiana pone el énfasis en la moral?

Me parece que la respuesta es esta: por la claridad con la que esa tradición religiosa captó la importancia y significado de la libertad personal. Las acciones que libremente hacemos u omitimos pueden construirnos o destruirnos como individuos o como sociedad. Tanto el judaísmo como el cristianismo son religiones de salvación, es decir, en las que Dios rescata, encamina, consolida a las personas y sociedades para que alcancen plenitud, vida, felicidad, y ese propósito no se puede lograr si las mismas personas actúan para destruirse con lo que hacen.

La reflexión de la teología moral católica ha dado un paso más en la fundamentación de la moral. Dios promulga mandamientos y normas; ahí están los Diez Mandamientos. Pero no es la autoridad de Dios la que hace buenas las acciones que manda y malas las que prohíbe. Si Dios prohíbe matar o robar, no es su prohibición la que hace moralmente censurables el asesinato y el latrocinio, sino que Dios enseñó que esas acciones eran perjudiciales y destructivas, porque son contrarias a la dignidad personal y al respeto a la propiedad. Dios se atiene a su propia creación para ordenar las acciones que son beneficiosas y constructivas para el hombre y la sociedad o para prohibir las que son perjudiciales y destructivas. Los mandamientos morales tienen su fundamento en la naturaleza de las cosas, no en la voluntad de Dios. Pero Él respalda con su autoridad los mandamientos y los promulga para indicar la importancia de la conducta en nuestra relación con Él y para nuestra propia salvación.

Por eso Jesús hace críticas vehementes cuando descubre tretas y ardides para esquivar la responsabilidad moral de las personas o la obligatoriedad del mandamiento. Censuró una práctica del judaísmo de su tiempo, según el cual un subterfugio ritual, llamado “corbán”, permitía evadir el cumplimiento del mandamiento de honrar padre y madre. Nosotros también tenemos un subterfugio parecido; lo llamamos discernimiento moral. El discernimiento, en su forma noble, es el proceso por el cual deliberamos la mejor manera de cumplir un mandamiento y la mejor manera de aplicarlo a un caso concreto. En su forma pervertida, el discernimiento es el proceso por el cual se buscan excusas y pretextos por los que quien debiera acatar un mandamiento se sustrae de la obligación de cumplirlo. Esto ocurre cuando el mandamiento es arduo y exige conversión, decisiones incómodas o difíciles. Con frecuencia aplicamos el subterfugio, nuestro “corbán”, a la moral sexual dentro y fuera del matrimonio.

Jesús también critica el criterio, aparentemente piadoso, de darle más importancia a las faltas rituales que a las morales. A Jesús lo criticaban por no cumplir las abluciones rituales judías vigentes en su tiempo. Decían que, al omitirlas, se profanaba a sí mismo. Pero él replicó que lo que verdaderamente ofende a Dios y profana al hombre no son las faltas rituales, sino una conciencia inclinada al desorden moral.