La buena noticia

Dios y el César

Mario Alberto Molina mariomolinapalma@gmail.com

Uno de los pasajes evangélicos más citados en el contexto de la reflexión sobre la libertad religiosa dentro del ordenamiento político del Estado es el de Mateo 22, 15-21. En el pasaje le preguntan a Jesús si es lícito o no a un judío pagar el tributo al emperador romano. Dejar de pagarlo se consideraba un acto de rebeldía contra Roma. Pero a partir de la respuesta de Jesús, uno deduce que la pregunta tenía alcance teológico. Pagar el impuesto de algún modo comprometía la fidelidad al Dios de Israel. De otro modo no se entiende la respuesta de Jesús. Quienes preguntan a Jesús suponen que reconocer al César pagándole impuestos implicaba negar la soberanía de Dios sobre Judea, pues la moneda con la que se pagaba tenía inscrito: “al divino César”.

Jesús pide que le muestren una moneda y pregunta: “¿De quién es esta imagen y esta inscripción?”. La respuesta es unánime y obvia: “Del César”. Sin embargo, la sentencia de Jesús se ha prestado a variadas interpretaciones a lo largo de la historia del cristianismo: “Den, pues, al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios”.

Un primer significado, más obvio, es que pagar el tributo no compromete ni menoscaba ni obstaculiza las obligaciones para con Dios. Contra aquellos que esperaban que Jesús optara por la resistencia al pago del tributo en nombre de la fidelidad a Dios, él responde que una cosa no compromete la otra. Pagar impuestos es una obligación de este mundo. El emperador, aunque se proclame dios, no es Dios; sigue siendo un hombre.

Pero a partir de allí se avanza hacia un segundo significado de la sentencia de Jesús. El Estado mismo o sus gobernantes no son nunca la realidad suprema, ante la que deban capitular la conciencia y la libertad personal. Dios es soberano incluso del emperador. Las pretensiones del poder humano tienen límites. Los regímenes totalitarios que funcionan como dueños de vidas y haciendas de los habitantes de los territorios donde ejercen su poder omnímodo son realidades humanas, aunque se crean divinos. Dios está por encima y es el garante de las libertades y derechos de las personas frente a la autoridad arbitraria, que actúa al margen de toda ley moral. Toda autoridad humana, sea civil, eclesiástica, empresarial o gremial, está sujeta a Dios y obligada a ejercer el poder de acuerdo con la ley moral. Deberán dar cuentas a Dios del modo como han gestionado la autoridad y el poder.

Hace unos años se recurría a este texto para justificar la separación de la Iglesia y el Estado como entidades que no se subordinan una a la otra y actúan en plan de igualdad. Pero el texto no habla de la Iglesia, sino de Dios y el César. La Iglesia también está sometida a Dios, pues sus miembros estamos sometidos a su juicio y le debemos obediencia. Aunque la Iglesia sea la institución por la cual Dios actúa en el mundo, sus ministros no pueden arrogarse los derechos y la dignidad que solo pertenecen a Dios. Cuando han pretendido hacerlo, se han corrompido. La Iglesia, en ciertos aspectos, se somete a las disposiciones del Estado, como cuando ha acatado las disposiciones sanitarias sobre el covid-19 y cuando paga impuestos. Pero la Iglesia tiene una misión que supera la del Estado, que es la de llevar a los hombres a la comunión con Dios, el Padre en quien podemos reconocernos todos hermanos. También tiene la Iglesia la autoridad para recordar, en nombre de Dios, incluso a las autoridades del Estado, su condición de hombres sometidos en conciencia al juicio de Dios. Los esfuerzos por sacar a Dios como referencia en las cosas de este mundo acaban en opresión, aberración moral y miedo. Dios es el garante de nuestra libertad responsable y dignidad.