Florescencia

Doloso racismo

“No puedo respirar”. Las últimas palabras de George Floyd antes de morir a manos de policías en Mineápolis, EE. UU., hace dos semanas, han girado muchas veces alrededor del mundo. Fue la gota que rebalsó el vaso del racismo sistemático imperante y que ha desatado una oleada de repudio en esa nación, un reclamo que se ha extendido a otros lugares. Lo que sucede en el país norteamericano no es una realidad ajena.

Quienes tenemos familiares en Estados Unidos nos preguntamos qué podemos hacer para ayudar a resolver lo que sucede en Estados Unidos. Posiblemente nada. Sin embargo, lo que sí podemos hacer es ayudar a erradicar el racismo y la discriminación enraizados en nuestra sociedad. ¡Sí, aquí en Guatemala! En nuestro país los niveles de discriminación y racismo son similares o incluso mayores, aunque aparecen de formas dolorosamente sutiles que se reproducen a diario, al punto de que muchos lo niegan o simplemente lo ignoran por conveniencia. Negar el racismo en nuestro país es por sí mismo un acto racista.

Tal como se está viendo con las protestas en EE. UU., existen voces que buscan cualquier justificación, excusa o pretexto para negarle la voz al pueblo cuando exige sus derechos. Llaman revoltosos a los manifestantes. Si se producen algunos incidentes de saqueo, quieren generalizarlo a todos. Intentan tapar el sol con un dedo cuando en sentido común sería mejor ponerse en los zapatos de quienes alzan la voz antes de juzgarlos o callarlos. Toda persona tiene su razón de ser y de reaccionar. En nuestro país, a menudo se tilda de alborotadores a quienes legítimamente se movilizan para demandar sus derechos o justicia. No se tiene que ser sabio para comprender que este tipo de expresiones deben ser fuertes para lograr llamar la atención. Las protestas son muchas veces el resultado del cansancio de no ser escuchados por otras vías.

En EE. UU. se está pidiendo justicia y el fin de la brutalidad policial, basada en un racismo reincidente y una desigualdad social histórica contra la población afroamericana y otras minorías. El caso de Floyd no es el primero. Es uno de cientos. Las protestas y disturbios que ha desatado este hecho no son algo nuevo ni esporádico. Estas manifestaciones masivas evidencian las desigualdades que habitan en el corazón de las sociedades y no son más que una muestra del desborde de la falta de atención constante a las demandas de justicia por los derechos civiles y para poner fin al racismo estructural.
En Guatemala son comunes y aceptados los chistes racistas asociados a la falta de dominio del castellano por parte de las personas indígenas. El anterior presidente y su hermano utilizaban estereotipos “indígenas” y de otras etnias para hacerlos objeto de supuesto humor, y hoy otros replican este actuar sin ningún pesar. El problema no solo era ese concepto, sino el medio de comunicación que les permitía tales burlas.

No está de más señalar el uso generalizado de la palabra “indio” para tratar despectivamente a alguien, a manera de insulto, para señalar su terquedad. Es importante que nos demos cuenta de que este tipo de vocablos no retratan a los indígenas, pero sí denigran la dignidad de personas trabajadoras, íntegras, poseedoras de una gran riqueza ancestral.

Si aspiramos a lograr un verdadero progreso en Guatemala, primero debemos darnos cuenta, reconocer y erradicar actitudes racistas. Y una de las evidencias más contundentes de que el racismo habita tranquilo en nuestra sociedad, en nuestro país multicultural, donde la mitad de la población somos indígenas, es la falta de representación política de los pueblos mayas en los partidos y en el Congreso.