Ventana

El arte de don Julio

Rita María Roesch clarinerormr@hotmail.com

Recorrer Guatemala ha sido una pasión para mí. Nunca deja de sorprenderme. Nunca dejo de aprender. Hace poco estuve en San Miguel Totonicapán, la tierra de Atanasio Tzul, uno de los líderes k’ichés que junto a Lucas Aguilar encabezaron el levantamiento indígena de Totonicapán en 1820. Como muchos municipios de Guatemala, su nombre es compuesto, tiene una raíz náhuatl, totonilco, “agua caliente”, y un nombre católico, San Miguel, en honor de San Miguel Arcángel, el santo patrono de la ciudad. En este pueblo encantador, a 2,500 msnm, se respira aroma de montaña. Sus calles adoquinadas son tan angostas como listones. Una de ellas es muy famosa. Los totonicapenses sugieren nunca transitarla en la madrugada porque pega tal chiflón que fácilmente se pesca una pulmonía. “Por eso la denominan la Calle de la Pulmonía”, cantó sonriendo el Clarinero.

Don Julio López Cutz, totonicapense de pura cepa, es un alfarero y ceramista que utiliza de manera espectacular la técnica hispánica del vidriado. Durante la Colonia muchos artesanos de Toto vivieron en Antigua Guatemala y al volver a su pueblo continuaron con ese arte que no cualquiera puede realizar porque, como un maestro chino expresaba: “Para ser buen alfarero se debe conocer los materiales, la temperatura del horno y la alquimia de los cinco elementos”. La casa de don Julio tiene el estilo de “antes”, con paredes de adobe y techo de teja. En la pared exterior, encima de la puerta de la entrada, se lee en letras grandes: “El recuerdo de mi raza”. Al atravesar la puerta de la entrada podría decirse que el tiempo se ha detenido dos siglos. Se aprecia un amplio patio central rodeado por corredores. Como si fueran candelabros antiguos, del techo cuelgan decenas de manojos de mazorcas de maíz amarillo, rojo y blanco. Don Julio explica que sus hermanos y él venden maíz en grano. Pero el único que siguió con la tradición del arte cerámico pintado a mano, que inició su abuelo, don Benigno López, y luego lo continuaron su padre y madre, fue él. Nos conduce a un salón contiguo al corredor, donde tiene expuestas muestras de platos, candelabros, incensarios, azulejos, tazones, ¡todos pintados a mano únicamente por él! Algunos de sus diseños han sido inspirados en los güipiles, otros son fruto de su prolífera imaginación.

“En Guatemala tenemos diversas clases y colores de barro, tenemos barro blanco, rosado, amarillo. Todo depende del color que la persona elija al encargarme la vajilla o los azulejos que desea. Este barro blanco”, y muestra un bello plato pintado con delicadas formas de pétalos de diversos colores, “es de Purulhá, Baja Verapaz. Este otro barro de color rojo es de Villa Nueva”. En el ala central del corredor se aprecia el taller con el torno original que utilizó su abuelo. Don Julio no usa moldes. Es un mago para modelar cualquier pieza. Sus vajillas son famosas. Pinta en las mañanas, escuchando música. Para ello ha colocado una larga y antigua mesa de madera donde tiene sus pinceles y pinturas. La última fase del proceso de esta cerámica es el vidriado. Don Julio narra que hace más de 20 años viajó a la capital con su papá, para una feria. Allí conoció a una persona que lo contactó con la GTZ, la cooperación alemana para el desarrollo. Fue así como tuvo la suerte de viajar poco tiempo después a Alemania. Permaneció allá durante tres años y fue así como dio el salto tecnológico de dejar el horno de leña por el de gas o el eléctrico y no utilizar plomo en el proceso del vidriado. Don Julio es el ideal del artesano que cualquier empresa que vende artesanía por internet estaría muy orgullosa de promover. Don Julio no solo tiene la talla como artista, sino que es ejemplo de lo que los chapines somos capaces de hacer. “¡Cuánta paciencia y cuánto amor requiere el oficio de alfarero y ceramista!
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