Al grano

El contraste del Jueves: entre el Amor y el poder

¡Qué diferencias tan grandes entre las enseñanzas recibidas de Jesús y las actitudes observadas en la vida política local!

Guatemala llega al Jueves Santo con el alma fatigada. No es solo el cansancio físico de una cuaresma intensa, sino un agotamiento ético tras semanas de observar, con una mezcla de agobio y resignación, las encarnizadas luchas por el poder en el marco de las llamadas elecciones de segundo grado. Mientras el país se prepara para el silencio del Triduo Pascual, el estrépito de las ambiciones políticas aún resuena en las instituciones, ofreciendo un contraste desgarrador con la liturgia que estamos por vivir.

Mientras Jesús se arrodilla a lavar los pies de sus discípulos, los operadores políticos preparan sus estratagemas para conquistar más poder.

En las últimas semanas, el pueblo de Guatemala ha sido testigo de un espectáculo de sombras. Dirigentes políticos y sus satélites se han enfrascado en batallas donde el insulto, la injuria y la descalificación son las armas predilectas. En el afán por conquistar porciones de control, hemos visto alianzas que se rompen antes de nacer y traiciones que se ejecutan con la frialdad de quien solo ve en el prójimo un peldaño. Es un escenario que, dolorosamente, nos evoca más la figura de Judas Iscariote —el de la bolsa de monedas y el beso falso— que la del servicio público.

Frente a esta coreografía del egoísmo, el Jueves Santo nos propone una imagen subversiva: Jesús, el Maestro y Señor, se despoja de su manto, se ciñe una toalla a la cintura y se pone de rodillas. Mientras aquí los grupos de interés y sus operadores políticos diseñan estratagemas para asegurar posiciones de privilegio, Cristo se agacha para lavar los pies de sus discípulos. Es la cátedra definitiva sobre la autoridad. En el Cenáculo, el poder no se ejerce desde un estrado ni a través de una resolución judicial amañada; se ejerce con el jarro y el agua, recordándonos que quien no vive para servir, no sirve para gobernar.

Mientras la clase política guatemalteca se desvela en negociaciones de pasillo para repartirse el futuro del país, Jesús instituye la Eucaristía, el sacramento más extraordinario de nuestra fe. Es el milagro de la entrega total: “Este es mi cuerpo, que se entrega por vosotros”. El contraste es absoluto: mientras unos buscan cómo quitar y acumular influencia, Dios nos enseña cómo darse por entero. Mientras el pueblo asiste a zancadillas y deslealtades, el Redentor nos ofrece el pan de la unidad.

San Juan nos dice que Jesús, “habiendo amado a los suyos, los amó hasta el extremo”. Ese es el estándar que el Jueves Santo pone frente a nosotros. Guatemala necesita, hoy más que nunca, volver la mirada a esa “atenta y vigilante espera” de la que habla nuestra tradición. Necesitamos vigilar, sí, pero no para ver quién cae en la próxima trampa política o chicana judicial, sino para custodiar la dignidad de una nación que es mucho más que esas ambiciones ciegas de poder. Una nación que merece líderes que respeten los principios de la República, que comprendan los fundamentos morales de nuestra sociedad y respeten los derechos y libertades ciudadanas.

Que este Jueves Santo, según las creencias, costumbres y tradiciones de cada quien, sea al visitar los Monumentos o al acompañar la soledad de Jesús en el Huerto, podamos reflexionar sobre el vacío de un poder que no tiene amor. Que el aroma a corozo y el silencio de nuestras iglesias limpien el aire de tanta injuria política, y que entendamos, de una vez por todas, que la verdadera soberanía solo se encuentra en el servicio y en el amor entregado.

ESCRITO POR:

Eduardo Mayora

Doctor en Derecho por la Universidad Autónoma de Barcelona y por la UFM; LLM por la Georgetown University. Abogado. Ha sido profesor universitario en Guatemala y en el extranjero, y periodista de opinión.

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