Catalejo

El reto lo tienen los patojos del mundo

Mario Antonio Sandoval

El viernes vi la joya cinematográfica Serpiente Emplumada, en la cual participan héroes de la conservación del hábitat del quetzal, desde México hasta Costa Rica y de su papel histórico con los mayas. Conozco personalmente a Richard Hansen; he visto brevemente a Ricky López, quien creó una dinastía primero de fotos y ahora de videos, todos maravillosos. Conozco también a otros científicos participantes, como Marco Vinicio Cerezo, y me admiré de la entrega de colegas mexicanos y costarricenses y de mayistas de primer orden. No se puede salir de verla sin la certeza de cómo el hombre mata su hogar. Ese día hubo una manifestación de escolares en el parque central, y hoy la jovencita Greta Thunberg, de Suecia, hablará por el planeta en la ONU.

Es una película serena, para nada panfletera, y en eso radica su fuerza abrumadora ante la terrible e innegable realidad. La ecología es una actividad política por excelencia, obviamente no partidista, sino en su sentido de velar por la vida de la naturaleza, pues ella no necesita del hombre, pero este ser depredador sí depende de ella. Para los guatemaltecos, el quetzal tiene una significación especial, aunque no muere en cautiverio, como dice la leyenda, pero es una de las aves más bellas del mundo. Ricky López muestra otras verdades: las “colas” largas verdes de los machos, no son colas; el ave no es solo verde, sino tiene mucho de azul. Desde hace algunos años, cuando Diego Molina logró retratar al quetzal, habíamos visto fotos, pero ahora está en movimiento.

El quetzal se manifiesta como padre amoroso. Ricky y sus colaboradores se escondieron por varias semanas bajo la inclemente lluvia, frente a un árbol donde estaba el nido con los dos hijitos del macho y la hembra, quienes con inmensa ternura, paciencia y entrega los alimentaron con la fruta de la cual dependen. Se despierta la emoción de la espera del primer vuelo de los quetzalitos, feítos, en realidad, cuándo se decidieron a lanzarse al vacío del misterio verde de Rodríguez Macal y luego la tristeza de ver entre las hojas las plumas inertes de uno de ellos, símbolo de la eterna lucha de la vida y la muerte. Impresiona especialmente ver al ave nacional guatemalteca lanzarse del nido o de una rama en una valiente picada casi vertical, con las alas pegadas al cuerpo, un verdadero nadador clavadista perdido entre los millares de ramas y hojas del bosque nuboso gris, hasta convertirse en una bella y tenue sombra de ese color.

Son terribles las escenas de las enormes áreas de bosques depredados por el peor enemigo de la naturaleza, así como de gigantescos árboles de decenas de metros de altura crecidas en también decenas de años, cayendo en segundos por un asesino invento del hombre: la sierra eléctrica, a la cual ese crimen le toma solo pocos segundos. Lo peor son las cortinas de fuego arrasando todo, porque lo hacen pensar a uno en la irracionalidad de los presidentes para quienes eso no tiene importancia por ser la selva interminable o se ha prometido no molestar a quienes irracionalmente se benefician con la muerte de esa selva, y con ello el fin de la raza humana. También de los mandatarios para quienes esto es exageración o invento de comunistas…

La parte más dolorosa es cuando don Carlos Méndez llora al relatar el asesinato de su hijo, un joven cuidador de la selva guatemalteca. Al salir del cine, hablé con una niña de 12 años y le pregunté su pensamiento. Dijo “si no hacemos nada, todos nos vamos a morir”. Entonces lo supe: la tarea es de los patojos del mundo… Esa película debería ser obligatoriamente mostrada en escuelas y universidades. Es justo abrazar a quienes la realizaron. Los sacrificios de pasar días escondidos y en silencio, para filmar a los polluelos, y también felicitar el interés del gerente de Volaris, Enrique Beltranena, quien ha reducido la contaminación causada por sus aviones. La película merece premio mundial. Tristemente, muy pocas 14 personas la vieron, en ese cine, a esa hora, ese día.