La buena noticia
El riesgo de la pertinencia
La pertinencia social acaba por silenciar el testimonio principal de la Iglesia.
Dentro de ocho días comenzará la Semana Santa. La Iglesia celebrará los acontecimientos que fundaron la salvación que ella anuncia y ofrece por medio de la fe que predica y celebra. En los días finales de la Semana Santa, que en la Iglesia católica reciben el nombre de “triduo pascual”, conmemoramos la pasión, muerte, sepultura y resurrección de Jesucristo. Pero no solo como acontecimientos del pasado, sino como origen de la salvación que opera en el presente. Jesucristo murió por nosotros para el perdón de los pecados. Ese “por” significa tanto “en vez de” como “a favor de”. Jesucristo resucitó de entre los muertos y de ese modo estableció la forma de vida humana más allá de la muerte para él y para que quienes creyeran en él y unidos a él pudieran alcanzar su propia resurrección de entre los muertos. Ambas cosas, el perdón de los pecados y la resurrección de los muertos son realidades que no se ven; la primera porque es espiritual y la segunda porque es futura. Pero ese es el aporte principal de la obra de Jesucristo y ofrecerlo a los contemporáneos es la misión central de la Iglesia y su razón de ser.
Los sectores de la sociedad que se sienten respaldados por tales pronunciamientos los agradecen.
Sin embargo, la sociedad secularizada, incapaz de captar la dimensión trascendente de la realidad, valora otro aporte de la Iglesia: su obra caritativa ante las necesidades sociales: atención a huérfanos, a migrantes, a enfermos, a drogadictos. Estas actividades pertenecen a la misión de la Iglesia, pues son expresión del amor al prójimo que Cristo dejó como mandamiento principal; pero son subordinadas a su misión principal. El influjo del secularismo llega a tal punto que quienes realizan esas acciones hasta ocultan su motivación teológica “para no ofender”. A veces el financiamiento para realizar tales obras procede de instituciones que condicionan el aporte a que no sean medio de evangelización. La pertinencia social acaba por silenciar el testimonio principal de la Iglesia.
Ocurre que cuando la autoridad en la Iglesia habla a la sociedad también se limita a dar su juicio moral sobre asuntos relativos al bien común temporal. Es una actividad legítima y una contribución importante. Los sectores de la sociedad que se sienten respaldados por tales pronunciamientos los agradecen. Pero el mensaje no deja de ser parcial en relación con la misión integral de la Iglesia que incluye el anuncio de los bienes trascendentes. La pertinencia social tiene ese precio.
El gobierno supremo de la Iglesia católica, la Santa Sede, está constituido también como una institución de derecho internacional, el Estado de la Ciudad del Vaticano. En tal calidad, mantiene relaciones con más de ciento ochenta países. En los intercambios mutuos, los diálogos se mantienen, como es propio en el ámbito diplomático, en temas como la paz, la justicia, el medio ambiente, la migración, el desarrollo de los pueblos, temas, sin duda, importantes, pero que nunca incluyen explícitamente el tema principal para el que la Iglesia quedó constituida: la salvación eterna de los hombres por el perdón de los pecados y la resurrección de los muertos.
En la proximidad de la celebración de los acontecimientos que dieron origen a la fe, considero oportuno advertir cómo la inserción de la Iglesia en la sociedad secularizada, su interlocutor externo, afecta también el modo de pensar y actuar de muchos miembros del clero y también de algunos seglares. Como la sociedad secular considera pertinente únicamente el aporte de la Iglesia en los asuntos temporales de índole moral o de desarrollo humano, no pocos eclesiásticos acaban hablando y promoviendo entre los fieles solo esos mismos temas de incidencia social. El resultado: muchos se han ido a buscar agua en otros pozos.