Catalejo

Elecciones serán conflagración total

Mario Antonio Sandoval

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Vale la pena repetir: en Estados Unidos la elección, elemento político por excelencia, pasó de ser un combate político entre adversarios a una lucha entre enemigos mortales o irreconciliables. Por eso pueden traer terribles consecuencias las campañas de simplificación y de generalización imperfectas en ambos partidos. Acusar a todos los demócratas de socialistas fanáticos es tan indefendible como calificar a la totalidad de los republicanos como partidarios y apologistas de la disminución de impuestos, sobre todo a las grandes corporaciones. Son falsedades, pero exacerban los ánimos y nublan el discernimiento, factor ausente en la decisión de votar. Siempre hay votantes ciegos, fanáticos, irracionales e irreflexivos. La lucha se dedica a convencer a los indecisos.

Esto último se manifiesta en el esfuerzo de convencerlos para ir a votar, lograr mayor participación y aumentar el promedio de presencia en las urnas, el 60%; o sea, desinterés de dos de cada cinco votantes. Por eso la meta es ganar en los estados oscilantes, donde no hay tradición de victorias de uno u otro partido. Esta vez los estados y sus votos electorales (v. e.) son: Arizona, 10; Carolina del Norte, 15; Florida, 27; Michigan, 17; Pensilvania, 21, para un total de 90 v. e. Según North Star, investigadora de opinión pública para los republicanos, se sumarían Virginia, 13; Colorado, 9; Minnesota, 10, y Nuevo México, 5, cuyo aporte sumado es de 37 v. e. El total, 127, de los 538 v. e. Obtener 270 hace ganar en este ejemplo de elección indirecta.

Hay otros retos: convencer a los votantes jóvenes, menores de 30 años; a los integrantes de las minorías étnicas. Los hispanoparlantes son la mayoría, 26.6 millones, pero en las anteriores elecciones solo votaron 12.6 (47%), por desinterés o desencanto, mantenido en las últimas ocho elecciones. El 63% de este grupo apoya a Biden y el 29% a Trump. Mientras, la democracia estadounidense es calificada de plutocracia –gobierno de gente rica–, señalamiento aplicable a muchas democracias occidentales. Esto se relaciona con la posición económica de los políticos, sus actividades empresariales previas y la posibilidad de beneficiarse directa o indirectamente de sus cargos. No es necesariamente corrupción al estilo Guatemala, sino búsqueda de beneficios para aumentar fortunas.

Las elecciones estadounidenses se piensan desde dos puntos de vista. Uno, el de los ciudadanos del país, cuyo interés radica en lo económico, al punto de haber sido victorioso hace años el eslogan “es la economía, estúpido”. Los votantes no piensan ni meditan en las relaciones del país. El otro se manifiesta en el extranjero, donde Estados Unidos es visto en su calidad de superpotencia con intereses, no lealtades. Esto último explica el interés de regímenes hostiles por influir antes de los comicios en sus resultados, gracias a la tecnología actual, al divulgar falsedades o exageraciones, técnica por desgracia creciente en el mundo y también dentro de los partidos ahora contendientes y sus estrategias de victoria, aunque debiliten a la mayor potencia de Occidente.

En este momento, una realidad adicional es la radicalización de las posiciones de todo tipo: ideológico, político, económico, e incluso religioso. Se observa un preocupante regreso al pensamiento de este último tipo, con serio riesgo para la laicidad en la política. Dicho problema se manifiesta dentro del cristianismo, no solo en todo el continente americano, sino en especial con el islamismo en otros confines. La libertad personal incluye profesar cualquier creo o no tener ninguno, pero el Estado, por ser para todos, no puede decidirse por ninguno. Se debe señalar esto en vista de las recientes complicaciones debidas a un gobierno no teócrata, pero dirigido por personas para quienes lo religioso es causa de aceptación o rechazo de posiciones políticas y decisiones propias del Estado.