Catalejo

Esperanza e ilusión vencidas por la realidad

Mario Antonio Sandoval

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Conforme pasan las semanas, la tragedia causada por el coronavirus se manifiesta en su magnitud por todo el mundo. Hay avances en la búsqueda de un remedio —inyectado o tomado—, pero no puede ser dentro de poco tiempo. La semana pasada se conoció de un nuevo producto fabricado en Rusia, agregado a aquellos en proceso de estudio en diversos países de Europa y de Estados Unidos. Este hecho despierta esperanza e ilusión, y se produce como consecuencia de la desesperación, en países como Guatemala, ante los terribles efectos socio-económicos de la virtual paralización de la actividad económica, y del aplastante resultado de la pérdida de trabajos a causa de la pandemia, de lo cual la actividad relacionada con el turismo es el mejor ejemplo.

Los discursos dominicales de Alejandro Giammattei cada vez son más contraproducentes. Son mínimas sus referencias a quienes han muerto contagiados por los enfermos a quienes estaban cuidando, en condiciones terribles ante la falta de suficiente equipo a causa del mal empleo del dinero autorizado por el Congreso y sin percibir puntualmente sus salarios. Ninguna mención sobre reducir los ingresos de todos los altos dirigentes politiqueros en el gobierno y en el vergonzoso Congreso. Lo expresado el domingo anterior fue especialmente hiriente a la sensibilidad nacional, al escucharlo con entusiasmo infantilesco, fuera de la realidad, complemento a su increíble al que le dio, le dio; al que no, no”.

Algunas columnas de prensa han presentado buenas y bien intencionadas ideas sobre las acciones necesarias para la correcta conducción del Estado. Por desgracia no se pueden hacer realidad porque requieren de un cambio de raíz, como por ejemplo un acuerdo multisectorial donde cada uno proponga algo, y ceda también en algo para el beneficio general. Esto implica detener al menos por un tiempo, la exacerbación del individualismo y del egoísmo causantes de muchos de las realidades actuales, pero sobre todo poner en el centro de la tarea de la lucha contra la corrupción, y partir de allí lo antes posible. La multimillonaria suma de deuda pública aprobada en forma veloz y rauda (precipitada) por el Congreso, en algunas personas despertó esperanza.

Esta, por desgracia, desapareció o está desfalleciente como consecuencia de saber cómo se han hecho presentes el tortuguismo burocrático, la corrupción, amiguismo y demás. Pese a ello, en algunos sectores nacionales esa esperanza aun es mayor. Ya he leído al menos dos o tres artículos o escuchado comentarios donde los autores expresan con claridad la urgencia de llevar al manejo de la cosa pública o al menos al control de los gastos, a personas intachables, cuidadoras de su nombre limpio y con la suficiente solvencia económica para, no prestarse maniobras inmorales y casi siempre también ilegales. Estas personas, existen, sin duda, pero no tienen motivo alguno para participar si les toca, aunque sea en mínima parte, relacionarse con corruptos.

No se trata de revoluciones, ni de golpes de estado, sino de convencer a las cabezas del mundo politiquero a actuar mínimamente como estadistas, dejar la mesa limpia y retirarse. La depuración de logró algo de eso con la depuración de los diputados, y ahora esta limpieza debería alcanzar a todas las manifestaciones del poder, incluyendo a quienes integran este gabinete, alcaldes y demás funcionarios ediles, si no llenan características personales propias, como o haber participado en entes estatales desde hace unos 25 años. Es la única forma de permitirle salir victoriosas a la ilusión y la esperanza, entendida en su verdadero significado, sin relación con un “partido” corrupto causante, junto con la totalidad restante, de muchos de los males del país.