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¿Fe sin Dios?

Mario Alberto Molina mariomolinapalma@gmail.com

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La fe cristiana y la teología que la explica entraron en crisis a partir del siglo XVI. Entonces tuvo lugar la Reforma, que dividió el cristianismo occidental. Esta fue la consecuencia de una nueva cultura basada en un nuevo modo de utilizar la razón para el conocimiento de las cosas. En el ámbito de la física se descubrió la estructura matemática de la realidad; en teología comenzó a aplicarse el método crítico, que después de cuatro siglos nos ha llevado al ocaso de Dios.

Al inicio la crítica se fijó en el texto del Nuevo Testamento. Se constató que se habían introducido variantes en su transmisión. Había que recuperar el original a través de la crítica textual. Lutero decidió leerlo prescindiendo de las interpretaciones recibidas y así formuló sus posiciones teológicas discrepantes de las católicas. Otros también hicieron sus lecturas personales y se originó la multiplicación de iglesias y congregaciones.

Dentro del protestantismo, la crítica continuó. A partir del siglo XVIII, bajo el influjo del racionalismo y la crítica histórica, la teología protestante sufrió otra modificación: todo lo que de extraordinario y sobrenatural hay en el Nuevo Testamento, desde la concepción virginal de Jesús hasta su resurrección, se calificó como mito. Esta crítica, dentro del protestantismo, dio origen, a finales del siglo XIX, a la llamada “teología liberal”, según la cual el principal aporte de Jesús es su enseñanza ética. Estas transformaciones culturales afectaron también la teología católica. A principios del siglo XX, el “modernismo” representó el intento católico de asimilar la teología a la cultura dominante en la que la razón científica es el criterio único de verdad. Lo sobrenatural cedía a lo práctico pastoral.

Dentro del protestantismo se dieron reacciones. El fundamentalismo rechazó la crítica histórica como método exegético y afirmó la verdad de la literalidad del texto bíblico en los asuntos centrales de la fe: la concepción virginal de Jesús, su condición divina, su resurrección, su segunda venida, la redención de los pecados en la cruz. Otra reacción en el ámbito protestante fue el movimiento pentecostal, que puso el énfasis en la experiencia espiritual como demostración de la realidad de Dios trascendente y su salvación más allá de este mundo. Ambas reacciones han incidido también en el catolicismo. La teología católica conservadora insiste en la fundamentación metafísica como plataforma que permite la apertura a Dios y la experiencia pentecostal católica se difunde por todas partes. Pero es también muy fuerte la opción por silenciar los asuntos doctrinales y sobrenaturales para ocuparse de los prácticos. Es más frecuente escuchar una homilía de contenido moral que una de contenido teológico; del juicio final y del cielo casi no se habla. Pareciera que la fe es válida, si es capaz de crear una sociedad justa e incluyente, y no tanto si lleva a Dios.

En cierta ocasión le preguntaron a Jesús cuál era la enseñanza principal de la Escritura. Él respondió con dos citas: una declaraba que hay solo un Dios, al que debemos amar con todo lo que somos y tenemos, pues no hay otro con el que debamos compartir la fidelidad y el amor; la otra cita era el mandamiento de amar al prójimo como si de nosotros mismos se tratara. En la crisis actual de la teología y la pastoral, la articulación de las dos partes resulta problemática. El amor a Dios por sí mismo parece evasión de la realidad histórica, donde la fe debe validarse. Por eso la segunda parte parece el medio apropiado para procurar el empeño de todos en la transformación de la sociedad, al margen de la cuestión de Dios. Pero ¿qué puede ser la fe sin Dios?