Liberal sin neo

Fuga sobre “La sociedad abierta”

Se convierte en un proyecto de apertura que no tolera cierres.

Tenía una tibia admiración por el filósofo Karl Popper, por su libro La pobreza del historicismo (1944), que dedicó a “todos aquellos que cayeron víctimas a las creencias fascistas y comunistas” y en el que criticó teorías sobre leyes fijas y predecibles de la historia. En La sociedad abierta y sus enemigos (1945) trasladó esa metodología a la política, describiendo una sociedad que no se rige por verdades históricas o colectivas inamovibles, sino por instituciones que debilitan formas tradicionales de autoridad o pertenencia.

El filósofo que advirtió contra el utopismo parece haber incubado uno nuevo.

Creyendo equivocadamente que Popper comulgaba con el liberalismo clásico, me era difícil entender cómo su pensamiento inspira a George Soros y su Open Society Foundation, con quienes estoy en fundamental desacuerdo y opuesto a su activismo político y social. Un ensayo de Mathew B. Crawford, The Open Society (marzo 2026), ofrece una crítica de Popper que me ha brindado una mejor comprensión. La “sociedad abierta” ha dejado de ser una respuesta a circunstancias históricas específicas —el nazismo y el comunismo— para convertirse en una especie de principio moral que no reconoce límites.

Crawford sugiere que Popper redefine el debate político en términos psicológicos; personas “abiertas” frente a personas “cerradas”. En ese esquema, preocuparse por fronteras, cohesión cultural o continuidad histórica es una señal de atraso moral.

El ensayo de Crawford desarma el falso individualismo popperiano. En su afán por evitar las formas “tribales” o colectivistas, Popper deja vacío el espacio intermedio donde realmente ocurre la vida social. Entre el individuo soberano y el Estado abstracto no sobreviven instituciones densas, heredadas o no elegidas que den forma a la experiencia humana. Familia, nación, costumbres están bajo sospecha, porque no son producto de una elección consciente del individuo. La sociedad abierta tendería hacia lo que Crawford describe como un mundo de relaciones abstractas; individuos que interactúan como sujetos intercambiables en redes de intercambio, más que como miembros de comunidades con memoria y significado.

Crawford señala que el filósofo que advirtió contra el utopismo parece haber incubado uno nuevo; la aspiración a una condición pospolítica donde las diferencias culturales entre pueblos y formas de vida se disuelven en una humanidad homogénea. Se requiere una arquitectura institucional transnacional que actúe por encima de soberanías particulares. Aquí aparece la conexión con Soros y su Open Society Foundation, entendidas como una extensión lógica del impulso popperiano hacia la universalización, a costa de estructuras nacionales existentes. Lo que comenzó como una defensa contra el totalitarismo se convierte en un proyecto de apertura que no tolera cierres.

Concluyo que no comulgo con Popper, que concibe la sociedad abierta como un marco institucional que desconfía de tradiciones y formas de pertenencia. En cambio, pensadores como Hayek y Tocqueville ven precisamente en esas tradiciones, normas y asociaciones intermedias —familia, comunidad, costumbres— el soporte indispensable del orden libre. Para Hayek, el orden social emerge de prácticas heredadas que nadie diseñó; debilitarlas en nombre de la razón puede ser peligroso. Para Tocqueville, la libertad depende de hábitos y vínculos que moderan tanto al individuo como al Estado. Donde Popper privilegia la crítica y la apertura frente a cualquier límite, el liberalismo clásico tiende a equilibrar esa apertura con el reconocimiento de que no toda restricción es opresión, y que algunas son necesarias a una sociedad libre.

ESCRITO POR:

Fritz Thomas

Doctor en Economía y profesor universitario. Fue gerente de la Bolsa de Valores Nacional, de Maya Holdings, Ltd., y cofundador del Centro de Investigaciones Económicas Nacionales (CIEN).

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