Catalejo

Hablar de lista del zope afianza poca seriedad

Mario Antonio Sandoval

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A Alejandro Giammattei debería recordársele un viejo poema: “poeta, nunca improvises/ improvisando, los vates/ dicen diez mil disparates”. Un presidente serio, como él afirma ser y muchos ciudadanos discrepamos, debe leer sus intervenciones, aunque sea cuando se encuentra frente a una audición cuidadosamente escogida para mantener una actitud positiva, no confrontativa. No hay lugar para bromas, porque usar ese recurso quita seriedad a lo expresado, aunque provoque risas y eso se tome como signo de aprobación. La verdad es otra: es una forma inconsciente, o talvez no, de burlarse de esa audiencia. Haber anunciado la “lista del zope” como venganza a los extranjeros responsables de colocar en listas de impresentables a los funcionarios corruptos.

Giammattei es un mal orador. Su primer discurso como presidente fue una serie de gritos destemplados. Pensó ser enjundioso, claro, dispuesto a cumplir, pero ello obligaba a un cumplimiento inmediato de algunas de las promesas de la campaña. Cuando eso no ocurrió, afloró la mala calidad del discurso, enmarcada dentro de gesticulaciones como cuando aseguró en campaña “no ser un jueputa más” en la presidencia. Gritar no convence. Sorprende, talvez. Intimida, a veces, pero es un recurso cuya interpretación general se relaciona con el populismo politiquero, definido por quienes lo aceptan como la decisión de defender los intereses del pueblo. Nunca se cumple, por supuesto, y como la defensa se hace sobre bases equivocadas, los efectos son contraproducentes.

Su ocurrencia solo provocó la circulación ayer de un meme en las anónimas redes sociales donde está él y la señora Consuelo Porras con cuerpos de zopilotes, ella en posición superior. Pero hay listas serias provenientes de la “potencia extranjera” con la cual él defendió la “soberanía nacional” ante los alcaldes de la entidad satélite del gobierno llamada Asociación Nacional de Municipalidades, causante del derrumbe del aprecio y aceptación populares de la autonomía edil. Una de ellas es la Lista Engel, a la cual se refirió con burla quien para mala —perdón, buena— suerte del país se encuentra sentado en la poltrona presidencial, convertida en un trono de autonombrado emperador cuartomundista. Lo menciono con este tipo de lenguaje porque es el preferido del señor presidentísimo gracias a su círculo de aduladores profesionales.

La lista Engel incluye a 20 guatemaltecos, 21 hondureños y 14 salvadoreños, como efecto de la Ley de Compromiso Mejorado del Triángulo Norte de Centroamérica. Su efecto más conocido, aunque puede agregar otros, es la eliminación de la visa o la negativa de otorgarla, y eso es considerado una sanción suficientemente temida en estos lares porque tiene efectos secundarios problemáticos, como el ingreso a algunos países donde llame la atención ese retiro, porque se tiende a pensar en razones relacionadas con drogas. Pero es una lista política, de sanciones sobre todo morales y por tanto puede cambiar conforme sean distintos los vientos en Washington. Sin embargo, existe otra, muy poco conocida en Guatemala, llamada OFAC, poderosísima porque deriva del gobierno.

En efecto, a la lista OFAC, siglas en inglés de la Oficina de Control de Activos Extranjeros, se llega por investigaciones del Departamento del Tesoro, cuando busca tráfico de drogas, de personas, financiamiento de terrorismo. Cosa seria, pues, con efectos terribles. Ningún banco estadounidense podrá hacer negocios con quienes la integran, impedidos de tener cuentas ni tarjetas de crédito de bancos locales, en este caso guatemaltecos, con alguna relación con bancos de Estados Unidos. Se trata de relaciones aunque sea indirectas de gente e instituciones foráneas con el sistema estadounidense. Estar allí es una muerte, en sentido figurado, por violar las leyes de ese país. Lo menciono de paso para ejemplificar una lista seria, no una fantochada, por definición grotesca, desdeñable, neciamente presumida.