La buena noticia

“Hacia un nosotros cada vez más grande”

Víctor Manuel Ruano pvictorr@hotmail.com

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Mañana la Iglesia celebra la 107ª Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado, con el llamado “hacia un nosotros cada vez más grande”, e indicar así “un horizonte claro para nuestro camino común en este mundo”, donde se imponen “los nacionalismos cerrados y agresivos”, en aras de una soberanía miope que surge para proteger privilegios de élites corruptas e intereses de las potencias; “y el individualismo radical” de sistemas económicos neoliberales y mercantilistas que “resquebrajan o dividen el nosotros, tanto en el mundo como dentro de la Iglesia”. El costo elevadísimo “lo pagan quienes más fácilmente se convierten en los otros: empobrecidos, migrantes, marginados, que habitan las periferias existenciales”. El Evangelio de este domingo apunta a la construcción de “un nosotros, grande como toda la humanidad”, promoviendo la inclusión. Jesús está reunido con sus discípulos en la casa de Cafarnaúm, donde sigue desarrollando su tarea formativa liberadora partiendo de la realidad.

Le informan que alguien que no es del círculo de ellos está haciendo acciones humanizantes y transformadoras en favor de los demás. En una actitud autoritaria, el grupo pretende desautorizarlo; mientras Jesús, de mentalidad abierta e incluyente, le da vía libre, pues está haciendo el bien, desde lo más insignificante, como dar un vaso de agua a los más frágiles de aquella sociedad empobrecida, hasta lo más significativo, como liberarlos de fuerzas opresoras, cual “demonios” creadores de sufrimiento indescriptible. Aquel hecho le da la ocasión para plantear la radicalidad en su seguimiento y en la misión, en un proceso de entrega a los más vulnerables, sobre todo a quienes no forman parte del grupo de los elegidos y constituir un “nosotros cada vez más grande”.

Esto debe hacerse con todo y a todos, sin reserva, con acciones generadoras de vida y no de muerte o de pecado; esto es, con “las manos”, expresión de toda actividad o acción portadora de bien en el mundo; con “los pies”, como signo de una conducta o estilo de vida en favor de la justicia; con “los ojos”, es decir, el deseo o la intención de construir la paz. Si no hay ese compromiso radical es como vivir manco, cojo o ciego ante la realidad, convirtiendo la vida en un infierno. Los discípulos de Jesús hoy, laicos-consagrados-presbíteros-obispos, no somos los privilegiados de Dios ni los mejores, que poseemos el monopolio de la verdad y la inspiración del Espíritu Santo. ¡Basta ya de exclusivismos propios de mentalidades carentes de autoestima, de vacíos psicológicos e inmadurez!

En una actitud soberbia por sentirnos elegidos de Dios, muchas veces censuramos a quienes no piensan y actúan como nosotros, sobre todo en cuestiones de la vida política, social y económica de la comunidad humana, donde anidan “demonios” que hay que combatir con audacia profética, pero que son muchos, aunque no estén “consagrados”, que los expulsan con su trabajo honesto y profesional, eficiente y transparente. Por ese clericalismo bien consolidado, aunque muchas veces lo negamos bañados de una humildad de garabato, fácilmente identificamos el reino de Dios con la Iglesia, argumentando que fuera de la Iglesia no hay verdad ni salvación. Resulta que el evangelio de este domingo nos llama a salir del mundillo eclesiástico cómodo y seguro para reconocer el bien que el Espíritu suscita en quienes luchan por la justicia, trabajan por la paz y se esfuerzan por el desarrollo integral de los demás.

Dios está actuando en nuestro mundo más allá de la Iglesia. En nuestro país, en los estrechos espacios que la impunidad y la corrupción dejan a jueces honestos, a periodistas independientes, a campesinos e indígenas solidarios, al personal de salud en alto riesgo, a educadores que despiertan sueños, a políticos que reinventan la política. Todos “están a nuestro favor”, pues trabajan por un mundo más humano.