La buena noticia

Iglesia católica y martirio

Mario Alberto Molina mariomolinapalma@gmail.com

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Ayer fueron beatificados en Santa Cruz del Quiché tres sacerdotes españoles y siete laicos quichés, colaboradores de diversas maneras en la acción pastoral de la Iglesia. Los diez fueron beatificados como mártires; es decir, como personas que dieron su vida a causa de su fe, de su identidad católica, de su seguimiento a Jesús. Fueron asesinados de diversas maneras en la década de los 80 del siglo pasado. ¿Por qué el cristianismo está marcado con la sangre de su fundador y la de sus seguidores más insignes desde el principio hasta hoy?

Para responder recurro a un relato del libro bíblico llamado los Hechos de los Apóstoles, que narra un episodio de los inicios de la Iglesia. La muerte de Jesús no había acabado ni con él ni con su mensaje, como pretendían quienes lo ejecutaron. Al contrario, sus discípulos daban testimonio de que estaba vivo y ese anuncio suscitaba más y más adherentes. Los mismos que habían decidido la muerte de Jesús decidieron encarcelar e interrogar a los líderes de la nueva entidad que se iba consolidando. Les prohibieron seguir hablando de Jesús, con amenaza de muerte, pero ellos no obedecieron. Cuando los interrogaron por su rebeldía, los apóstoles respondieron: “¿Les parece justo delante de Dios que les obedezcamos a ustedes antes que a él?”

Esa frase funda el principio de la libertad de conciencia, que en cristiano se entiende así. Toda persona debe dar cuentas a Dios de su conducta, de sus acciones. Por lo tanto, cuando cualquier autoridad, aunque esté investida de los atributos más sagrados, manda algo contrario a la voluntad conocida de Dios, no se le puede obedecer en conciencia. Para que la autoridad, cualquier autoridad, tenga fuerza, sus leyes y ordenanzas deben tener fundamento en la ley moral, expresión de la voluntad de Dios.

La conflictividad política del cristianismo, desde sus inicios, surge de ese principio. Por encima de las más altas autoridades humanas, el cristiano se sabe responsable primero ante Dios. Si la autoridad actúa con criterios éticos, el cristiano obedecerá, pues en la obediencia a la autoridad humana estará obedeciendo a Dios. Pero cuando la autoridad humana emita leyes inmorales, el cristiano no prestará obediencia a sus disposiciones faltas de ética, pues hay que obedecer a Dios antes que a los hombres. Por eso, en los regímenes autoritarios, la Iglesia y los cristianos, cuando no se han plegado por conveniencia, han sido objeto de persecución y asesinato, porque con su actitud cuestionan y socavan el régimen.

La Iglesia católica en Guatemala, en los dos siglos desde la independencia, lleva en la cuenta dos etapas de persecución. En el último tercio del siglo XIX y principios del siglo XX se expulsaron religiosos, se confiscaron bienes eclesiásticos, se desterró al arzobispo, se silenció a la Iglesia, porque era la instancia que recordaba que por encima de la autoridad política está la de Dios, y aquellos gobernantes preferían actuar como si Dios no existiera. La libertad de su liberalismo era la sumisión a su filosofía de autonomía absoluta. En la segunda mitad del siglo XX, cuando la Iglesia católica comenzaba a reorganizarse tras el acoso liberal, otra vez fue perseguida a muerte, testigos los 10 mártires de Quiché, porque la renovada evangelización hacía a las personas conscientes de su dignidad de hijos de Dios, de su libertad responsable y la consiguiente transformación social ponía en jaque las estructuras de poder local y nacional. Vislumbro una tercera persecución. Ocurrirá cuando se agrave el choque entre la cultura secular que margina a Dios y su voluntad ética, y los creyentes conscientes digan que hay que obedecer a Dios antes que a los hombres.