La buena noticia

Iglesia universal y martirial

Mario Alberto Molina mariomolinapalma@gmail.com

El autor del libro del Apocalipsis describe así una de sus visiones: “Vi una muchedumbre que nadie podía contar. Eran individuos de todas las naciones y razas, de todos los pueblos y lenguas. Iban vestidos con una túnica blanca y llevaban palmas en las manos.” Esa visión describe a la comunidad de los seguidores de Jesús que han llegado a la meta del triunfo final. Es pluriétnica y plurinacional, resultado de una misión sin fronteras. Pero es también una iglesia de mártires, que con palmas en las manos celebran su victoria sobre la muerte, pues han debido dar la vida por su fe. Universalidad y martirio son rasgos de la iglesia cristiana.

Jesucristo nace judío, es heredero de la tradición religiosa judía, apela a los libros sagrados judíos para dar fundamentación a su evangelio, pero prescinde de todo particularismo nacionalista o cultural para centrar su atención en dos problemas que cuestionan la existencia de la persona, de cualquier época, cultura o nación: el pecado y la muerte. Donde haya humanidad habrá cuestionamientos sobre el sentido de la vida frente a la muerte y sobre el valor de la vida frente a los fracasos de la libertad. Puesto que el evangelio es respuesta específica a esas cuestiones, su mensaje es universal.

La libertad humana es frágil y sus decisiones muchas veces ambiguas. Las personas tomamos decisiones erradas, quebrantamos leyes morales, realizamos acciones que nos destruyen y destruyen a los demás. ¿Es posible corregirse y comenzar de nuevo? ¿Cómo se salda y se paga la deuda de las acciones pasadas que agobian el presente y comprometen el futuro? Jesús no solo anuncia el perdón de Dios a quien se arrepiente, sino que nos habilita para recibirlo con su muerte en la cruz.

La enfermedad que desemboca en la muerte socava el sentido de la vida. ¿Para qué vivir, si la muerte definitiva destruye todos los logros y obras realizadas? Jesús sana enfermos, restaura la salud y promete la vida eterna a sus seguidores. Él en su persona vence la muerte por su resurrección, y establece los medios para crear comunión espiritual entre él mismo y sus seguidores, de modo que también ellos, unidos a él, puedan igualmente vencer su propia muerte.

El otro rasgo del cristianismo es su carácter martirial. Cristo murió porque él vino para dar testimonio de la verdad. El martirio cristiano es la consecuencia de la convicción de que hay verdades no negociables, de rango superior incluso al valor de la vida. Los cristianos han dado la vida por rehusarse a negar a Dios que da sentido a su vida, por resistirse a negar la verdad del Evangelio que la ilumina; han dado la vida por defender la vigencia de la Iglesia que garantiza la verdad de Dios y del Evangelio. También en el campo de la ética, cristianos han muerto a lo largo de la historia por resistirse a conductas inmorales, principalmente en el campo de la sexualidad y la defensa de la vida.

Sin embargo, el martirio parece hoy menos perentorio. Cuando se piensa, como hacen algunos, que no hay verdades absolutas en materia de fe, sino relativas al sistema propio de cada religión, y que el evangelio es una propuesta entre otras, no tiene sentido sacrificar la vida única por una verdad de vigencia condicional. El relativismo cultural contemporáneo ha inducido a pensar que no hay preceptos morales de obligación absoluta, sino condicionada a la situación de cada persona. Tampoco parece tan urgente anunciar el evangelio a quienes no lo conocen, pues ya cada quien tiene su propio medio de salvación. Si ese pensamiento prevalece entre los cristianos, estaremos socavando nuestra fe desde dentro. Este es el drama del cristianismo en la coyuntura actual.