La buena noticia

Jesús y los ricos

Mario Alberto Molina mariomolinapalma@gmail.com

Los evangelios registran sentencias y parábolas de Jesús en torno a los ricos y las riquezas. Todas ellas dan un juicio negativo sobre los ricos y advierten sobre el enorme obstáculo que ponen las riquezas para alcanzar la salvación. Jesús añade siempre la coletilla de que quienes quieren seguirlo deben renunciar a todos sus bienes y también a sus parientes. Aquella sentencia de que es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja que un rico entre en el reino de los cielos ha causado no pocas inquietudes de conciencia en personas adineradas, que también quieren agradar a Dios y obtener la salvación que Él promete. Mañana en las iglesias católicas se va a leer un pasaje del evangelio en el que Jesús declara dichosos a los pobres porque el Reino de Dios les pertenece y por el contrario lanza un lamento en relación con los ricos, pues no tienen futuro ante Dios, ya que su recompensa es el bienestar que disfrutan gracias a sus bienes. En ninguno de los dos casos hay consideraciones morales, de si ese pobre es también un delincuente o un hombre virtuoso o de si ese rico es un hombre solidario y honrado o llegó a ser rico a través del crimen y la explotación. ¿En qué consiste esa fijación de Jesús contra la riqueza y los ricos? ¿Por qué esa exaltación de la pobreza?

En primer lugar hay que decir que esta manera de juzgar no se inició con Jesús. Él hereda del Antiguo Testamento la censura a la riqueza. Múltiples pasajes señalan que la riqueza es mala cuando sustituye a Dios como instancia de seguridad y confianza y cuando da pie a que el rico se vuelva orgulloso y altanero con los demás, pensando que vale más porque tiene más. El rico prepotente y autosuficiente es la imagen de lo que Dios no tolera. Sin embargo, el antiguo libro sagrado también valora positivamente la riqueza. Efectivamente, allí encontramos muchos textos en los que la riqueza y el bienestar se consideran una bendición de Dios, algo deseable y premio que Dios da al que es justo y piadoso. La historia de Job lo demuestra. Después de perder sus inmensas posesiones, Job, en la lipidia y la enfermedad, mantiene su confianza en Dios. De modo que, pasada la prueba, se ve bendecido con riquezas todavía mayores, por su fidelidad a Dios durante los años de indigencia. En realidad no es la riqueza en sí misma la que es mala. La ética que gobierna su adquisición y administración le da la cualidad moral. Además, en el Antiguo Testamento el horizonte de la esperanza se limitaba a este mundo. Los premios de Dios se daban aquí y ahora.

Con Jesús aparece una nueva perspectiva. La vida humana no termina con la muerte, sino que se abre a la felicidad eterna para aquellos que aceptan el Evangelio y viven según sus enseñanzas. La persona desarrolla su plena dignidad, alcanza su felicidad y el sentido de su vida cuando vive para Dios y de él espera la plenitud después de la muerte. Por eso hay que desechar todos los obstáculos que pongan en peligro alcanzar la meta de la vida con Dios para siempre. Las riquezas resuelven tantos problemas, allanan tantos caminos, dan tanta seguridad, que quien las posee puede llegar a confiar más en ellas que en Dios. Por eso, Jesús vio en la riqueza el gran obstáculo para que las personas plantearan su vida en los términos de su propuesta. El reto para Jesús fue cómo lograr que ninguna criatura cautive el corazón del hombre hasta el olvido de Dios y de la vida eterna. Por eso utilizó las palabras más drásticas en los casos en que vio mayores peligros. Jesús no tendría censura para el rico humilde que adquiere y administra sus bienes para fomentar el bien común en la sociedad y así agradar a Dios y alcanzar su reino.