Catalejo

La amarga realidad de las emigraciones

Mario Antonio Sandoval

Publicado el

Los gobiernos de la zona y también los ciudadanos, en su mayoría, tienden a reaccionar con pena cuando ocurre alguna tragedia a los grupos de emigrantes forzados centroamericanos. Sin embargo, pronto la tragedia en Chiapas —política, económica, laboral, social— cubrirá en el olvido cómplice a las de fechas anteriores. Esto es cierto porque se trata de personas de la menor jerarquía social, obligados a irse para vivir en condiciones también viles, pero al menos donde obtienen escaso dinero para llevar comida vía remesas, pero con un costo familiar muy trágico además de sentirse siempre perseguidos por falta de documentos y la diferente realidad de donde nacieron.

La tragedia de Chiapas tiene todos los agravantes, como ha sucedido en numerosas ocasiones anteriores. Es horrendo ver la foto de decenas de connacionales envueltos en mortajas blancas, y pensar en el dolor de sus familiares. La responsabilidad está compartida entre el irresponsable y prófugo chofer, por apretujar a 150 personas dentro de un mal cuidado y maloliente furgón de carga en iguales condiciones, lo que causó la separación de ambos vehículos al romperse la pieza ensambladora. También son responsables las autoridades de ambos países por permitir el paso del vehículo, sin duda por corrupción, de nuevo comprobada de ser la principal razón de fondo.

Recibí este comentario: “Las fuerzas vivas de Guatemala y sus interlocutores de derecha e izquierda tienen décadas de discutir las aplicaciones de Estado o de Mercado” y se complica por la “polarización de sectores interesados”. Ya anunciaron cuatro países de la región que enfrentarán a los traficantes, pero hay otras más efectivas: declarar asesinato culposo a estas tragedias y castigarlas con pena perpetua inconmutable. México ha dado muestras de preocupación por medio de su presidente y canciller, y Estados Unidos puede convertirse en un aliado, incluso en los países no invitados a la peculiar Cumbre por la Democracia. Mientras, las tragedias continuarán.

Otra ofensa a María Eugenia

María Eugenia Gordillo, la defensora de nuestra historia y del periodismo guatemalteca, fue objeto de otra ofensa a pocos días de haber logrado retirarse en condiciones aceptables. Una funcionaria de segundo nivel se permitió decirle “no vuelva a poner un pie aquí”, asestando así una nueva puñalada como producto del desorden en el Ministerio de Cultura, otro ejemplo de cómo actúan funcionarios incapacitados para cumplir las tareas implícitas de un cargo.

Los trabajadores de la Hemeroteca le ofrecieron un homenaje financiado por ellos y firmaron un diploma de agradecimiento por sus tantos años de servicio y preocupados, además, por las acciones inmediatas realizadas, entre ellas pintar de blanco las paredes.
Esto daña al papel periódico y afecta al registro de la historia nacional reflejada en las páginas periodísticas. Por ello no es exagerado predecir la desintegración de la entidad, la mejor del Istmo centroamericano. Equivale al incendio de la biblioteca de Alejandría, hace siglos, o a la quema de libros por el fascismo nazi. El mundo actual manifiesta una tendencia a hacer desaparecer todo aquello distinto a la “verdad” oficial. La víctima de este insulto ha comentado la manera cortés del viceministro de Cultura, y al hacerlo ha actuado con la humildad de siempre y su calidad humana, esa capacidad de absorber las puñaladas, aunque sin duda con silenciosas lágrimas. Puede estar satisfecha por la forma en que hizo su histórica labor y ahora tiene todo el derecho de retirarse y dedicarse a sus actividades favoritas. El Estado guatemalteco le otorgó hace poco la Orden del Quetzal y ese honor tan justo y merecido lo mantendrá por el resto de su vida. Este artículo solo tiene el fin de rendir un reconocimiento a alguien cuyos principios aprendidos en el hogar de sus padres se han mantenido y afianzado a pesar de todo. Gracias, María Eugenia.