Catalejo
La blasfemia resultó ser contraproducente
Los apoyos inmediatos recibidos por León XIV de políticos como Macron, eminentemente laicos demuestra la profundidad de la ofensa.
La absurda con Jesús decidida y puesta en redes sociales en persona por Donald Trump constituye una blasfemia, definida oficialmente en los diccionarios como una expresión injuriosa, despectiva hacia Dios. Rompe una línea imposible de defender, no sólo en lo puramente religioso y llega además a un nivel inconmensurable de ego exacerbado, además de una evidente muestra de inestabilidad emocional. La fe es la creencia y convencimiento absolutos de la existencia de un Ser Superior y se encuentra presente en todas las culturas, ya sea monoteístas o politeístas. En el transcurso de la Historia se ha relacionado directa o indirectamente con la manera de gobernar y por eso han existido teocracias, donde el jefe político y el religioso se funden en uno.
Las críticas a las autoridades religiosas no pueden pasar, sin efectos, una invisible línea roja.
Con el paso de los milenios se llegó al criterio del monoteísmo y la política como dos entes separados. Esta es una característica del cristianismo en cualquiera de sus manifestaciones, pero también en religiones politeístas de otras culturas, como las de la India, por ejemplo. Esta idea de la mezcla de Dios con un político mortal por ser humano no tiene precedente, y al aplicarla luego de una decisión personal, no consultada ni con los dos colaboradores más cercanos, ambos católicos. Es una bomba de mecha cortísima y puede provocar la ruptura de sus admiradores políticos, divididos en personas religiosas, librepensadoras o ateas. Donald Trump, con esa delirante acción, disminuyó a quienes lo siguen ciegamente, en el tipo de pérdida de seguidores para un político.
Es un error rayano en la irracionalidad y en realidad no tiene relación directa con lo político. Una teocracia es un gobierno de sacerdotes de cualquier tipo, pero este ni siquiera se puede definir porque se parece a una “teomonarquía”, “teodictadura” con el poder absoluto concentrado en una autoridad máxima. Se debería crear una nueva palabra para describirla. Por aparte, la fe religiosa constituye una decisión íntima y personal, por la cual un criterio político y su contrario puede tener adeptos en ambos extremos. Pero quien apoya lo político puede no solo abandonarlo, sino convertirse en un adversario severo como resultado de no haber perdonado esta blasfemia, tan relacionada con la creencia espiritual e individual, muchas veces de generaciones.
Las acciones públicas de presidentes, diputados, ministros, son políticas en sí mismas y a diferencia de los pecados, no pueden redimirse, olvidarse al quedar para siempre. Calígula, hace dos mil años, y Hitler en el siglo pasado fueron ambos crueles y locos, y la ciencia actual puede calificar las causas, pero sus barbaridades permanecen en la Historia aunque se hayan descubierto luego de analizar sus acciones. No es el único caso, por supuesto. Las autoridades eclesiásticas incluyendo los papas también tienen casos de acciones negras y contrarias a las normas cristianas. Sin embargo, ello no descalifica a Jesús en su palabra y su vida en pro de los pobres, ni borra su faceta de político del Estado de la Roma de ese entonces al hablar del amor al prójimo.
La complicación derivada de esa peligrosa mezcla político-religiosa es clara. Un presidente, como tal, es laico y debe serlo siempre de esa manera. Un papa es una autoridad religiosa de 1,400 millones de personas y solamente si lo desea, debe mencionar a personajes políticos cuando su persona o su iglesia ha sido ofendida con una profundidad producto de la mala fe o de la irracionalidad y la rudeza inesperada y violenta. Los apoyos inmediatos recibidos por León XIV de políticos como Macron, eminentemente laicos demuestra la profundidad de la ofensa y de hecho señala con claridad la estatura humana y religiosa de un pastor dispuesto a poner orden en el Vaticano, lo cual en sí resulta ser admirable por la cantidad de entereza y valentía necesarias para hacerlo.