Catalejo

La clara interrelación entre política e historia

Mario Antonio Sandoval

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Heiko Maas, ministro de Relaciones Exteriores de Alemania, pronunció hace un año un discurso de cómo se ve a su país después del fin de la Segunda Guerra Mundial en 1945, cuando los alemanes lograron liberarse, a un altísimo precio, de lo ocurrido desde el 30 de enero de 1933, con la llegada de Adolfo Hitler y del Nacional Socialismo al poder. Lo más difícil fue aceptar las atrocidades nazis, con su máxima expresión en el holocausto de seis millones de judíos, así como de muchos millones más de rusos, europeos. Pasados 75 años, ahora el pueblo alemán en sus nuevas generaciones comprende la mayoría de las causas, y la vergüenza y el sentimiento de culpa ya son muy pocos.

Del fin de la guerra interna de Guatemala han pasado 25 años y por ello puede explicarse mucho de la lucha porque renazca en los jóvenes o no muera en todos esa tragedia, producto tanto de la época histórica como de las características de la sociedad. En Alemania, el sentimiento antisemita fue exacerbado y aquí, el desprecio a los grupos descendientes de las etnias de origen mayense enraizado al punto de ser invisible para los no indígenas, también aumentó y se mantuvo. Ahora hay un movimiento ideológicamente basado, cuya clara meta es la permanencia del odio y del desprecio mutuos, a sabiendas de la imposibilidad de lograr un país donde la pluriculturalidad sea la base de una sociedad capaz de comprender las fuerzas sociales y económicas derivadas de esto.

Muchas frases del señor Haas se pueden aplicar aquí, con sus naturales adaptaciones. A los 24 años desde la cuestionada firma de la paz, deben agregarse los 36 años de conflicto armado interno en plena Guerra Fría y la presión estadounidense por razones geopolíticas. Los historiadores deben tomar en cuenta la nueva realidad etaria de los países. Ese funcionario nació 11 años después del fin de la guerra. Ve los hechos desde otra perspectiva: los sufrieron sus familiares, pero no él ni los de su generación. Pero ello se debe a haberse enfrentado la sociedad alemana en esa etapa de su historia y por eso, según el criterio aceptado, ocultar y poner fin a su conocimiento es una ofensa para las víctimas de ambos lados. Se trata de estudiar la verdad, no aquella de unos o los otros.

No se ha estudiado la historia guatemalteca desde la perspectiva del mal causado por esas dos partes, no solo una de ellas. Mientras no se haga, tampoco se logrará una autocrítica, una comprensión de los motivos, sin lo cual no se puede llegar a la solución. Tal actitud es propia de grupos etarios afectados directamente, ahora reducidos a menos del 2 o 3 por ciento del total. Los jóvenes piensan distinto y no desean entender esas causas, envueltos ahora en una realidad social y económica distinta, con el agregado de un desprecio a la actividad política porque la sufren como sinónimo de la politiquería más abyecta, donde la historia es un factor mínimo, sin importancia alguna, al ser sustituida por versiones noveladas de hechos ocurridos cuando ellos no habían nacido.

La Política sin Historia es tan inútil como la Historia sin Política, sin ideología. Indudablemente, una pregunta válida es: ¿cuánta política puede soportar la Historia, y viceversa? Revisarla con propósitos politiqueros provoca el nacimiento de falsedades, de mitos, al no incluirse en su estudio siquiera algo del punto de vista, memoria y perspectivas de los demás. El peor error es tratar de aplicar al cien por ciento teorías fracasadas en lo político, económico y social. Repetirlas no provocará resultados diferentes, sino empeorará los anteriores. Pero también se necesita valentía y esta es una consecuencia del conocimiento y la cultura personal de quienes les toca desempeñar el papel de una élite ilustrada, no de una masa donde el grotesco populismo llegue, muchas veces, con aplausos.