Editorial
La confesión final de un tirano
Quien está seguro del respaldo popular no elimina elecciones, compite en igualdad de condiciones, respeta las diferencias y busca el bien común.
Al declarar públicamente “No volverá a haber elecciones”, durante un reciente discurso en el aniversario de la llamada “revolución” sandinista, se le terminó de caer la última máscara al corrupto dictador Daniel Ortega, quien sojuzga a la hermana república de Nicaragua desde 2007. Primero usó el populismo para regresar al poder, pero ante el evidente fracaso, empezó a fraguar la compra de voluntades para el amaño electoral. Después, ante la inminente caída, prosiguió con la persecución violenta de voces críticas y opositores. La matanza y encarcelamiento de centenares de jóvenes universitarios en 2018 es un adeudo que aún pesa sobre él y su consorte Murillo.
Quizá declaró eso porque el mismo poder lo hace desvariar. O tal vez porque la enfermedad que padece ya está afectando sus facultades y comienza a experimentar el miedo de caer. De hecho, dijo que no volvería a haber comicios “para impedir que la oposición alcance el poder”. Pero tal desfachatez no es demostración de fuerza, sino de debilidad, pues está prescindiendo de la voz de los ciudadanos, cuyo supuesto apoyo era el único asidero que tenía su régimen oprobioso.
Queda claro que la satrapía bicéfala nicaragüense siente pasos de animal gigante. Se ha intoxicado con la concentración absoluta del poder, la corrupción como moneda de cambio, el nepotismo como política y el terror como herramienta. Pero es justo en ese momento más oscuro de la noche cuando comienza el amanecer de la ciudadanía. Luego intentó desdecirse el déspota, al aclarar que no es que estuviera anulando los comicios, sino que solo podrían participar aquellos a quienes el poder dominante considerase adecuados: justo la confirmación del estertor que asusta a él y a sus adláteres.
En este punto es necesario decir que fue la politiquería barata la que salió cara en Nicaragua: sí, la podredumbre, ineficiencia y amaños de un par de gobiernos previos fueron los que le abrieron las puertas al discurso envenenado de Ortega. La utilización de poderes del Estado en beneficio propio y no de la ciudadanía fue lo que condujo a esta nación al laberinto que ha devorado millares de vidas y futuros. Nadie gana en una dictadura porque nadie tiene derechos ni garantías. En 2021, el régimen mandó al exilio a 200 prisioneros políticos a los cuales despojó arbitrariamente de su nacionalidad.
Ortega está derrotado desde el día en que empezó a imitar al tirano que alguna vez derrocó. Y no es el primer individuo que traiciona una causa, pero tampoco será el primero que no cae a causa del peso de su propia demencia. En la antigua Rumania, Nicolae y Elena Ceauşescu llegaron a creer que el Estado les pertenecía. Confundieron obediencia con legitimidad y poder con respaldo popular. Parecían inamovibles. Se creían inamovibles. Averiguaron demasiado tarde que ningún aparato represivo puede detener indefinidamente el juicio de la historia.
Los contextos nunca son idénticos y cada nación escribe su propio destino, pero las autocracias suelen recorrer caminos inquietantemente parecidos. Quien está seguro del respaldo popular no elimina elecciones, compite en igualdad de condiciones, respeta las diferencias y busca el bien común. Y por eso resulta tan revelador ver a esas figuras políticas, viejas o emergentes, que elogian modelos autoritarios disfrazados de legitimidad en favor de supuestas seguridades: deberían oírse porque suenan anacrónicos como cualquier personaje novelesco al estilo Tirano Banderas, Yo el Supremo o El Señor Presidente.