La buena noticia
La dignidad de la mujer: fundamento y desafíos
Las injusticias contra la mujer no son solo cosa del pasado: hoy reaparecen bajo nuevas formas.
Desde la Doctrina Social de la Iglesia y la antropología cristiana, la mujer es contemplada a la luz de la dignidad que Dios le ha otorgado en la creación y ha elevado en la redención. A lo largo de la historia, ese “genio femenino” ha enriquecido a la Iglesia y a los pueblos con sus carismas, su fe y su capacidad de humanizar la sociedad. Así lo expresó Juan Pablo II en la carta apostólica Mulieris dignitatem (1988), al agradecer a las mujeres —madres, esposas, consagradas y trabajadoras— por el don que representan para la humanidad.
Jesucristo exige la misma fidelidad moral para el hombre y para la mujer.
El reconocimiento de esa dignidad ha sido un proceso histórico gradual, condicionado por la cultura de cada época. También en la vida de la Iglesia esta comprensión ha ido madurando. Lo muestran gestos como la petición de perdón de Juan Pablo II en el Jubileo del año 2000 por las humillaciones sufridas por muchas mujeres y los esfuerzos del papa Francisco por ampliar la presencia femenina en responsabilidades eclesiales.
La resistencia a reconocer esa dignidad tiene causas de fondo. Una de ellas aparece cuando las relaciones humanas se reducen a la lógica de la fuerza y se olvida la dimensión espiritual de la persona: de ahí nacen tanto el machismo como ciertas formas de feminismo radical basadas en la confrontación. La fe cristiana reconoce además una causa más profunda: el desorden introducido por el pecado original, que fractura la armonía entre el hombre y la mujer.
Con frecuencia se acusa a la religión —y en particular al cristianismo— de haber favorecido el machismo. En el mundo antiguo el repudio era un privilegio masculino. Sin embargo, la tradición bíblica fue abriendo camino hacia una mayor dignidad de la mujer, y Jesucristo rompe definitivamente esa lógica al exigir la misma fidelidad moral para el hombre y para la mujer. De ahí nace una aportación decisiva del cristianismo: la afirmación normativa de la monogamia y la indisolubilidad del matrimonio. El modo en que Jesús trata a la mujer lo muestra bien el episodio (Jn 4) en el que dialoga con una mujer samaritana, considerada marginal, la reconoce como interlocutora en cuestiones decisivas de la fe y la convierte en testigo ante los suyos.
Las injusticias contra la mujer no son solo cosa del pasado: hoy reaparecen bajo nuevas formas. Entre ellas destacan corrientes ideológicas que sustituyen la complementariedad entre hombre y mujer por la confrontación o la negación de la diferencia sexual; una cultura sexual que favorece relaciones utilitaristas; y una cultura mediática que reduce el cuerpo femenino a objeto de consumo. A ello se suman las dificultades para conciliar trabajo y familia y las restricciones a la libertad femenina en contextos de fundamentalismo religioso. Por eso, el respeto a la dignidad de la mujer revela la calidad humana de una cultura.
La promoción auténtica de la dignidad de la mujer pasa por reconocer que su causa es inseparable de la familia, donde se aprende la reciprocidad y el respeto entre hombre y mujer. Exige también una ecología humana que valore la diferencia sexual como dato de la naturaleza humana y una antropología equilibrada que mantenga unidas la igual dignidad y la complementariedad entre ambos. En la vida de la Iglesia esto implica reconocer plenamente el genio femenino, cuyo influjo ha marcado grandes renovaciones espirituales. Pero cuando se debilita la referencia a Dios también se oscurece la comprensión del ser humano. Por eso, cuanto más se redescubre al Creador, más se comprende la belleza de la comunión entre hombre y mujer, creados a su imagen.