Liberal sin neo
La economía de la felicidad
Es un dato que desconcierta si se contrasta con sus limitaciones estructurales.
¿Es la felicidad el fin último de la vida humana, y puede medirse con la precisión suficiente como para orientar la política pública? Esa es la ambición —y el problema— de la llamada economía de la felicidad. También es una pregunta que plantea François Facchini (2022) en un artículo que se inicia con una cita de Benjamín Constant: “Pidamos al poder que se mantenga dentro de sus límites; que se circunscriba a ser justo. De nuestra felicidad nos encargamos nosotros”.
Guatemala ocupa el primer lugar mundial en “emociones positivas”.
El Informe Mundial de la Felicidad 2025 (WHR) ofrece datos que pueden leerse con escepticismo, pero con curiosidad; mide y ordena la felicidad humana en una tabla global, con la precisión de un termómetro. Su metodología descansa en encuestas de autopercepción —la conocida “escalera de Cantril”— y en seis variables explicativas: ingreso per cápita, apoyo social, esperanza de vida, libertad para tomar decisiones, generosidad y percepción de corrupción. El resultado es consistente; los países más ricos, con instituciones más confiables y mayor libertad, tienden a reportar mayores niveles de felicidad.
Los países nórdicos encabezan el ranking con una regularidad casi monótona. Combinan prosperidad, cohesión social y estados funcionales. En el otro extremo se ubican sociedades marcadas por fragilidad institucional o conflicto. América Latina introduce una disonancia interesante: niveles de felicidad relativamente altos, pese a menores ingresos. Allí aparece Guatemala como un caso particularmente revelador.
Guatemala no lidera el ranking general, pero ocupa el primer lugar mundial en “emociones positivas”: reír, disfrutar, experimentar afecto en la vida cotidiana. Es un dato que desconcierta, si se contrasta con sus limitaciones estructurales. Sugiere que el bienestar subjetivo no se agota en el ingreso ni en la calidad institucional. Existe un capital social y cultural —familia, comunidad, vínculos cercanos— que amortigua la escasez material. Este mismo dato también expone una fragilidad metodológica; si se excluyera esa dimensión emocional, el país descendería sensiblemente en la clasificación. La felicidad medida depende de la vara con que se mida.
El economista François Facchini apoya la tesis que da importancia al ingreso y la calidad institucional, mientras cuestiona las metodologías de medición y especialmente la pretensión de traducir la felicidad en una variable manipulable por políticas públicas. Subraya un vínculo que el informe WHR confirma de forma indirecta: la conexión entre libertad y bienestar. La autonomía —capacidad de decidir sobre la propia vida —es una condición psicológica fundamental. Cuando el Estado expande su radio de acción y restringe opciones, puede mejorar ciertos indicadores, pero a costa de esa autonomía.
La relación entre felicidad, homicidios y suicidios es paradójica. Sociedades más felices en el WHR tienden a registrar menor violencia interpersonal, pero más suicidios. América Latina combina alta sociabilidad y emociones positivas con tasas elevadas de homicidio y bajas de suicidio. Europa del Norte muestra el patrón inverso. La felicidad agregada convive con formas distintas de sufrimiento.
Medir la felicidad tiene virtudes, amplía el foco más allá del PIB y captura dimensiones relevantes de la experiencia humana. Pero sus límites son evidentes: subjetividad, comparabilidad, sensibilidad cultural y la tentación de confundir correlación con causalidad. Convertir estos datos en guía de política pública abre la puerta a lo que Facchini denomina “ingeniería de la felicidad”; la idea de que el Estado puede diseñar el bienestar colectivo.