Al grano

La educación secuestrada: el ocaso de un derecho social

¿Debe entenderse que la Constitución protege a los sindicatos y no a los niños?

Una vez más, el estruendo de las protestas del sindicalismo magisterial ocupa el espacio público, reactivando una dinámica que parece haberse convertido en un ritual ineludible de nuestra democracia. Sin embargo, tras la superficie de las consignas y el asfalto ocupado, subyace una disfunción estructural cuya génesis se remonta a la propia infancia de nuestro orden constitucional de 1985. Para comprender el agotamiento del sistema educativo guatemalteco, es imperativo analizar cómo la desnaturalización del derecho a la huelga y la distorsión del rol del Estado han terminado por sacrificar el porvenir de las nuevas generaciones en el altar del clientelismo.

¿Debe entenderse que la Constitución protege a los sindicatos y no a los niños?

Si bien el constituyente del ochenta y cinco, o la mayoría de la Asamblea Constituyente, dispuso elevar a rango constitucional el “derecho de huelga” de los empleados públicos, muy distante se situó de los pactos secretos entre líderes sindicales politizados y operadores partidarios con la mirada puesta en poco más que el número de votos que puedan conseguirse.

Así, en el origen de este conflicto reside un error conceptual de proporciones históricas. Con una perspectiva puramente electoral, se permitió que el sindicalismo estatal mutara hacia un modelo de confrontación análogo al de algunos patronos que procuran, con malentendido oportunismo, remunerar a sus colaboradores por debajo de su valor de mercado. Pero el Estado guatemalteco, bajo nuestro marco fundamental, no es ese tipo de patrono. Su función no es la acumulación de beneficios ni la maximización de plusvalía, sino la organización y garantía de servicios esenciales elevados en el texto de la Constitución a la categoría de derechos sociales. En la educación pública, el Estado no es un ente que busca utilidades reduciendo costes salariales; tal visión es tan absurda como ajena a la letra y al espíritu de nuestra Constitución.

Esta interpretación gravemente distorsionada del ideal constitucional ha propiciado la firma de pactos colectivos de condiciones de trabajo que, en la práctica, han suplantado y aniquilado el régimen de servicio civil. Al hacerlo, se ha incurrido en una violación sistemática de la norma suprema, sustituyendo la carrera administrativa y el mérito por una negociación de prebendas carente de fundamento técnico, cuando no moral. Mientras las cúpulas sindicales plantean exigencias que desafían la lógica del bien común, el magisterio público se precipita hacia una decadencia profesional sin precedentes.

El costo de este extravío es incalculable y recae, con una crueldad silenciosa, sobre los hombros de los niños y jóvenes de la nación. La educación de ínfima calidad que reciben hoy nubla su horizonte, convirtiendo su futuro en una penumbra de oportunidades perdidas. Resulta, por tanto, una pena que ciertos sectores —particularmente desde las izquierdas— confundan la protección de los vulnerables con el respaldo a estructuras que condenan a millones de niños a la precariedad intelectual. Pensando actuar en defensa de los débiles, terminan siendo cómplices de un sistema que perpetúa la escasez de oportunidades.

Sin una reforma profunda y valiente al régimen regulatorio del magisterio, Guatemala seguirá desperdiciando millardos de quetzales en una maquinaria que produce frustración en lugar de conocimiento. La educación pública no puede seguir siendo el botín de una lucha de facciones; debe volver a ser el motor que permita a cada joven guatemalteco conquistar su derecho a prosperar.

ESCRITO POR:

Eduardo Mayora

Doctor en Derecho por la Universidad Autónoma de Barcelona y por la UFM; LLM por la Georgetown University. Abogado. Ha sido profesor universitario en Guatemala y en el extranjero, y periodista de opinión.

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