Liberal sin neo

La embajada en tiempos de cólera

Fritz Thomas fritzmthomas@gmail.com

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Supóngase una escala de probabilidad de 0 a 100, que la Embajada de Estados Unidos y sus agencias, interfiere en asuntos políticos y gubernamentales en Guatemala, donde 0 significa que no tiene interferencia alguna y 100 supone que toda su actividad es dedicada a interferir. El número seguramente no es 100, pero tampoco es 0. La misma métrica puede aplicarse a USAID; muchos de sus programas son generosos y de gran beneficio para el país, mientras que algunos promueven conflictividad y agendas culturales cuestionables.

La relación entre los gobiernos de Guatemala y Estados Unidos es complicada; hay un fuerte entretejido comercial, geopolítico, diplomático, demográfico e incluso criminal. Previo a ser embajador en Guatemala, Luis Arreaga (2017-2020) fue Principal delegado a cargo del Buró Internacional de Narcóticos (Principal Deputy Assistant Secretary for the Bureau of International Narcotics and Law Enforcement Affairs). Su predecesor, Todd Robinson, ya había fungido en el puesto antinarcóticos que tuvo Arrega y luego de entregar la embajada, fue nombrado subsecretario de Estado para dirigir el mismo Buró. Al parecer, el Departamento de Estado ve alguna relación entre la aptitud para dirigir esfuerzos antinarcóticos y combatir el crimen organizado, con ser embajador en Guatemala. El actual embajador, William Popp, carece de esta experiencia y credenciales.

Durante sus oficios como embajador en Guatemala (2013-2017), Todd Robinson fue notoriamente agresivo para intervenir y afectar los sucesos políticos en el país. Se consideraba procónsul del gobierno de Obama, encargado de “componer” el país, con cloaca de superioridad moral. Su actitud fue epitomizada con la frase “En la lista de prioridades el tema soberanía para mí está de último”, que, según él, sería legítimo proferir “cuando hay gente muriendo de hambre, cuando no hay medicamentos en los hospitales”. Ciertamente hay hambre y carencias en Guatemala, pero ello no implica que las preferencias políticas, culturales y activistas del embajador las fueran a resolver, o que él supiera como hacerlo. También dijo que “los diputados son unos idiotas, que no han aprendido, pero van a aprender”. El tono y visibilidad de sus sucesores, Arrega y William Popp, sería más discreto y sutil; el ejercicio de ingeniería política y cultural es el mismo.

La supuesta declaración de Giammattei en una entrevista del Heritage Foundation, refiriéndose a la intención de la embajada de derrocarlo y la posibilidad de retirar a USAID del país, es diplomáticamente inexcusable—pero no inverosímil en la realidad. Analistas y activistas, indignados, han deplorado el exabrupto del presidente. Ellos tendrán la oportunidad de estrechar la mano del embajador en algún coctel, ser apoyados en los proyectos de sus ONG y en sus causas culturales; no tienen que lidiar con la constante presión de los tentáculos de la embajada.

La diplomacia y la ayuda del gobierno de Estados Unidos tiene muchos ángulos y niveles, gran parte de ella es provechosa y se encamina a producir resultados positivos; pero no toda. Es sano tener presente que tanto el Departamento de Estado cómo USAID son profundas burocracias, repletas de expertos y tecnócratas con agendas políticas y culturales. Como buenos sabios, escogen ganadores y perdedores; en una columna están los amigos de la democracia y buena gobernanza y en la otra, los enemigos. Uno de los grandes peligros de una burocracia con sentido de misión es su auto percepción de omnisciencia; el conocimiento de todas las cosas reales y posibles. Los sabios no son infalibles.