Catalejo

La historia necesita de análisis políticos

Mario Antonio Sandoval

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Cuando en mayo pasado se cumplieron 75 años del fin de la Segunda Guerra Mundial, pude leer un mensaje del señor Heiko Mees, actual ministro de Relaciones Exteriores de Alemania, nacido después de esa terrible conflagración. Uno de sus temas principales fue hablar de la forma como los alemanes actuales entienden la participación de su país y las duras consecuencias del aparecimiento en 1933 del nacionalsocialismo de Adolfo Hitler y el imperdonable holocausto judío. Debieron pasar varias décadas antes de poder hablarse del tema en las tierras germanas, y la madurez alcanzada por las generaciones posguerra permite ahora realizar lo más importante cuando se analiza un hecho histórico, sobre todo si es vergonzoso: hacerlo con serenidad.

Guatemala tiene un pasado casi desconocido para sus habitantes. No se puede hablar de rechazo de la historia, porque no se le conoce. El país tuvo una etapa, entre 1944 y 1954, en la cual se adelantó a su tiempo, pero luego pagó el precio por demasiado tiempo, 36 años, de su situación geográfica y de la Guerra Fría. Alemania sufrió a los nazis por 12 años, y hasta 40 años después comenzó a hablarse de su mancha histórica. En nuestro país durante 36 años a causa del enfrentamiento este-oeste se derramó demasiada sangre ciudadana, lo cual demuestra cómo fue de terrible esa etapa. La firma de la paz fue hace 24 años, y si seguimos ese mismo calendario, no nos debe sorprender la actual confrontación de quienes ven a la guerra interna desde diferentes ópticas.

Para hacer verdaderamente la paz luego de una guerra civil, es necesario aceptar las violaciones de derechos humanos en ambos lados. En Guatemala no se ha tratado de enseñar la historia en las clases desde 1944 a la fecha, y las obras existentes en su mayoría constituyen defensa de alguno de los bandos y de quienes influían desde el extranjero. Maniqueísmo total: solo hay dos grupos, unos cien por ciento buenos y los otros cien por ciento malos, incluyendo sus pensamientos, acciones, ideas políticas, económicas y sociales. Darle razón en algo a quien piensa distinto se califica de traición y mala fe, pero además se considera a la historia como inamovible, estática. El avance del pensamiento no se acepta, ni el intento de hacer una balanceada de la Historia.

El ministro Mees hizo una afirmación y una pregunta. La política sin historia es impensable, pero ¿cuánta política puede soportar la historia? No mucha, digo yo, y hacerlo causa desinterés de las actuales generaciones por estudiarla, porque conforme avanza la educación, aunque sea poco a poco, se facilita tener opinión propia, sobre todo a causa de los medios de comunicación instantánea. Tal tarea requiere sinceridad y valor para conocer los hechos, internos o externos, malos o buenos, causantes de la realidad de este cuarto lustro del presente siglo. Dichas generaciones tienen la oportunidad de eliminar la frase “la historia es escrita por los vencedores”. Los guatemaltecos deben convertirse en conocedores de su pasado para lograr un necesario análisis sereno.

Por supuesto, escribir la historia de un país no es lo mismo de garabatear panfletos fantasiosos, ni dividir a los seres históricos en inocentes o culpables. No se puede señalar la totalidad de las verdades relacionadas con los hechos históricos, pues algunos de ellos cumplen con la idea de “las cosas insignificantes algunas veces son importantísimas”, porque muchos detalles hacen una diferencia, a veces fundamental. En la actualidad, en Guatemala hay una encarnizada batalla por cambiar o negar la historia, en relación con los posibles efectos negativos para quienes se ven como “los buenos”. El tema adquiere aun mayor importancia porque el país pronto será gobernado por la generación de la mitad de los sesentas. Quienes vivieron la Revolución de Octubre ya murieron y los nacidos antes de 1950 ya estamos en el otoño de la vida.