La buena noticia

La otra dimensión

Mario Alberto Molina mariomolinapalma@gmail.com

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Un aspecto de la fe cristiana especialmente incomprensible para muchos contemporáneos es su referencia a realidades trascendentes. Que exista Dios o que pueda haber vida humana después de la muerte se consideran afirmaciones ilusorias, pues se refieren a realidades que evaden la observación experimental o el análisis matemático, únicos criterios que gozan de validez universal para determinar la verdad de las cosas. Por eso, en la cultura y la sociedad contemporánea se valora particularmente a la Iglesia y a los creyentes por la contribución que puedan hacer en la solución de problemas de este mundo. La atención a migrantes, los programas educativos, la defensa legal de los desvalidos, los hogares y albergues para ancianos o niños carentes de otra protección reciben la admiración y aprobación de todos. Las agencias internacionales están más que dispuestas a financiar proyectos de desarrollo humano ejecutados por alguna institución de Iglesia. Si la Iglesia sirve para algo, sirve para estas cosas, parece ser la opinión generalizada.

Si esa es la opinión pública acerca de la Iglesia, es inevitable que eso sea estímulo para que también dentro de ella muchos den prioridad y hasta exclusividad a este tipo de actividades que gozan de tal aprobación. Vale la pena hacer cosas que compensen el desprestigio que cae sobre la Iglesia por tantos delitos de algunos de sus dirigentes más conspicuos. Todas esas acciones y muchas otras parecidas son formas de solidaridad humana y expresión del mandamiento máximo de Jesús “ama a tu prójimo como a ti mismo”. Pero se corre el peligro de creer desde dentro de la Iglesia que, si de algo sirve pertenecer a ella, es solamente para ayudar a crear un mundo mejor.

Sin embargo, san Pablo escribió en la primera carta a los corintios una frase que nos debe hacer pensar a los creyentes. Si nuestra esperanza en Cristo se redujera tan solo a las cosas de esta vida, seríamos los más infelices de todos los hombres. El apóstol escribió la frase en el contexto de una argumentación contra algunas personas en Corinto que negaban que la resurrección de Cristo y de los cristianos fuera algo real. No sabemos cómo la entendían aquellos cristianos críticos de la fe recibida. Pero hoy existen cristianos que, condicionados por las constricciones epistemológicas de la cultura contemporánea, afirman que la resurrección de Cristo fue su permanencia en la memoria de sus seguidores o cosa parecida. Cristo no vive en sí mismo o en Dios, sino solo en la mente de sus seguidores. Esa sería su resurrección, como la resurrección de los cristianos ejemplares sería su “pervivencia en la memoria del pueblo”. Pero esa no es la fe de la que habla la Sagrada Escritura.

Cuando los creyentes prescindimos de la dimensión trascendente de la realidad nos convertimos a la Iglesia en una ONG de servicio social. Negamos así nuestra misión principal, que nadie más hace ni está dispuesto a hacer, que es la de ser testigos de que la realidad no se agota en la mundanidad, sino que encuentra su consistencia y sentido desde la trascendencia de Dios. El culto y la liturgia son el medio principal para realizar ese propósito. En la apertura a la eternidad de Dios y a su amor misericordioso encuentran los pobres dignidad, los enfermos aliento, los sufridos consuelo. En el reconocimiento de la responsabilidad ante Dios se sostiene el orden moral de las personas y la sociedad. En la afirmación de la consistencia de la dimensión trascendente y divina del mundo encontramos sentido de vida y salvación. Esa es la principal contribución de los creyentes, complementada por las acciones solidarias para que todos gocen una vida más digna en este mundo.