Catalejo

La positiva autoimagen de doña Consuelo Porras

Mario Antonio Sandoval

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Es explicable y hasta cierto punto necesario tener una imagen positiva de uno mismo, pero la calificación de las decisiones, actividades, deseos, ideas, etc., para tener credibilidad y validez debe hacerla alguien distinto y balanceado. De lo contrario, inevitablemente se convierte en muestra de arrogancia, soberbia, altanería y ceguera intelectual. Toda autocalificación requiere el señalamiento, aunque sea en forma poco profunda, de equivocaciones y errores cometidos. Entonces es válida porque implica aceptar la falibilidad de los actos realizados, e incluye de hecho aceptar algo evidentísimo: el ser humano no es perfecto. Las declaraciones de la “doctora” Consuelo Porras en una entrevista reciente constituyen otro buen ejemplo de una personalidad centrada en sí misma.

En un apretado resumen, la aspirante a reelegirse como jefa del Ministerio Público sobre la base de su apoyo gubernativo señaló haber mejorado el MP, lo cual depende de su definición propia por mejorar. Afirma haber sido mujer de Derecho, respetuosa de la ley, pero tuvo amnesia respecto del plagio de su tesis doctoral, causante de críticas sin duda calificadas por ella como malintencionadas y propias de gente mala, obcecada por no ver una realidad evidente para ella nada más. Señala haber actuado “con objetividad, imparcialidad y de conformidad con la ley”, pero también olvida la mala intención de algunas leyes. Esto contradice a su frase “mi trayectoria habla por sí misma”, porque esa ruta marcada por su comportamiento provoca justificables rechazos.

La efemérides olvidada

El sábado se cumplieron 40 años del inicio de la guerra de Las Malvinas, hecho histórico tanto para Argentina como para Inglaterra. La primera sorpresa fue el casi total silencio de la prensa latinoamericana, estadounidense y europea. Sin entrar a analizar por qué la sangrienta dictadura argentina de entonces se lanzó a esa aventura, apoyada por la Historia de dos siglos, y con la mayoría de los responsables ya fallecidos y juzgados, es justo escuchar a los integrantes de las fuerzas armadas argentinas, quienes dieron indudables muestras de valentía y bravura al enfrentarse a una potencia militar de primer orden en ese entonces, aun mayor a la de hoy. Fue una breve guerra impensable hasta ese momento y, como siempre, la primera baja fue la verdad.

Los argentinos debieron rendirse, pero ello no les quita su lugar en la historia latinoamericana. Cuarenta años después, con las relaciones restablecidas desde hace tiempo, es posible a los participantes en ambos bandos señalar sus historias y sus comentarios sobre el enemigo. Los hechos más notorios fueron el crimen de guerra británico al hundir con torpedos ultramodernos de un submarino atómico al viejo crucero Belgrano, aun estando fuera de la zona de exclusión impuesta por ellos. En lo miliar, sobresalieron los exitosos ataques a la flota inglesa con vuelos a bajísima altura de aviones argentinos viejos, los Skyhawk, con una estrategia no utilizada en ninguna parte del mundo.

Argentina estuvo sola, pues con excepción de Perú, nadie colaboró. Los satélites estadounidenses informaban a los ingleses, sometidos con sus adversarios de las terribles condiciones climáticas del Atlántico sur, pero mejor preparados y alimentados. El resultado se pudo prever desde mucho antes de la capitulación. Los videos circulantes en redes sociales permiten, ya sin la presión del momento de esa guerra, enterarse de nuevos datos y llegar a conclusiones. Como sea, Argentina hundió varios barcos de guerra y de transporte. Todos los participantes de ambos bandos están cercanos a los 80 años y merecen el reconocimiento internacional. Los temas políticos son temas distintos, pero el sufrimiento de los combatientes es igual en todos lados.