Ventana

La sobrevivencia de la humanidad

Rita María Roesch clarinerormr@hotmail.com

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Para mí siempre ha sido muy agradable contar las historias que están detrás de los más de dos mil años de vida de Tak’alik Ab’aj (TA). Hoy recurro a una de sus historias sorprendentes para reflexionar sobre los procesos de cambio que forman parte de la evolución de la humanidad. De todos es bien conocido que en Occidente hubo un cambio mayor de historia cuando la teoría de Ptolomeo, que mantenía que la Tierra era el centro del universo, ya no pudo seguirse manteniendo más, y el cambio de la Edad Media al Renacimiento, en gran medida, ocurrió porque Copérnico llegó a demostrar que no era la Tierra, sino el sol, el centro del universo. “Cuando cambia la percepción del universo que nos rodea, cambia nuestra vida, cambia nuestra forma de resolver los problemas, cambia todo”, cantó el Clarinero.

A lo largo de los 1,700 años de historia en TA, entre los 800 y 400 años antes de Cristo, ocurrió un cambio de visión extraordinario. Me refiero a la transición de la cultura olmeca a la cultura maya temprana en la Costa Sur. Este descubrimiento salió a luz durante las ponencias de tres eminentes arqueólogos en el Simposio de Investigaciones Arqueológicas en el año 2008: Christa Schieber de Lavarreda, Miguel Orrego y la Dra. Marion Popenoe de Hatch. En su magnífica ponencia, la Dra. Popenoe, “El amanecer reemplaza a las estrellas”, comenta que en la estructura 7 de TA se encontró un observatorio astronómico. Propone que al principio del Preclásico Medio (800 a 400 a. C.) la ideología olmeca formaba parte de la visión de sus habitantes. El jaguar era su símbolo iconográfico y el observatorio estaba orientado hacia la constelación de la Osa Mayor. Sin embargo, al final de ese período, la ciudad manifestaba su conversión hacia la cosmología maya. La orientación del observatorio había cambiado hacia una constelación distinta: Draco (el Dragón) visualizada y venerada como una serpiente. Y concluye que, al final del Preclásico Tardío y principios del Clásico Temprano (100 d. C.) hubo otro cambio mayor. Los astrónomos se concentraron y documentaron los movimientos del sol para armar sus extraordinarios calendarios, donde se funden el mundo natural con el universo que los rodeaba. Lo increíble es que este descubrimiento de la Dra. Popenoe coincidió con el hallazgo de una escultura monumental que Christa y Miguel denominaron “El cargador del ancestro”. Primero encontraron dos fragmentos —los monumentos 215 y 217—. Después, notaron que las estelas 53 y 61 encajaban con la parte inferior de los fragmentos encontrados. Cuando juntaron las cuatro piezas, observaron que ¡se convertía en una columna monumental de 2.30 metros de altura! El monumento es un híbrido. El artista combinó los dos estilos escultóricos de los “dos mundos”, el olmeca y el maya. En la escultura, el pasado olmeca, que es el “ancestro”, está siendo cargado. En las culturas mesoamericanas se usaba construir lo nuevo sobre lo antiguo, porque valoraban el pasado. Era un concepto orgánico, un proceso de mutación, como ocurre en la naturaleza. Christa y Miguel consideran que fue elaborada en la primera parte del Preclásico Tardío —400 a 200 años antes de Cristo—. Este período es la etapa de transición de lo olmeca a lo maya, confirmándose así que en TA sucedió el nacimiento de la cultura maya temprana en la Costa Sur de Guatemala.

Lo primero que llama la atención de la comparación entro lo maya y lo occidental es que los dos encontraron un nuevo paradigma, al tener como referencia al Sol para organizar sus calendarios, solo que los mayas lo lograron mil 500 años antes que Occidente. La segunda gran sorpresa es que, mientras que en Occidente el universo fue concebido como una gran máquina sujeta a leyes predecibles e inmutables; para el maya, el universo y la naturaleza estaban vivos, y su vida tenía sentido si lograban estar vinculados social e individualmente con este entorno. Todo estaba conectado con todo. Ahora que la pandemia ha transformado nuestras vidas y la tecnología digital ha conectado al mundo, el maya milenario tiene la palabra. Puede inspirarnos para reconectarnos con nuestro entorno. La sobrevivencia de la humanidad depende de que ocurra este cambio de paradigma.