Catalejo

Las onerosas navidades de todos los diputados

Mario Antonio Sandoval

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El tema del momento es la gastadera de los diputados. Por ello, algunos están proponiendo cambios y reducciones de ingresos, con el resultado de reacciones hepáticas de algunos de los mismos de siempre. Un ejemplo claro es Álvaro Arzú Escobar, quien está muy molesto por la sugerencia de quitar de los gastos del Congreso el valor de los almuerzos, pues los diputados no están platicando, sino trabajando. Así comprobó su rechazo visceral a la prensa y confirma no haber visto nunca las noticias de las reuniones del pleno, donde los parlamentarios salen, entran, conversan entre ellos o hablan por celular, mientras los oradores deben aguantar esas impertinencias. Pese al berrinche, no es posible detener las cifras del gasto del dinero público para mantenerlos.

Parece humor negro, pero es cierto: los diputados reciben bono 14, aguinaldo navideño y bono vacacional. Los números reales y fríos señalan las razones por las cuales Alvarito está enojado: según los datos oficiales del Congreso, el presidente recibe 49,350 quetzales de aguinaldo más 61 mil quetzales en bono 14, para un total de Q110 mil (números redondos). En total, la directiva significa un gasto en estos dos rubros de 570 mil quetzales, a lo cual se deben agregar otros Q4.9 millones para el bono 14 del resto de diputados. En otras palabras, solo para celebrar estas dos “conquistas laborales” de quienes resultan ser padrastros y madrastras de la patria. Según expresó el expresidente del Legislativo, “la gente cree que nos la estamos pelando”, en un derroche del lenguaje culto y distinguido. En resumen: un gasto de Q13,350 diarios para celebrar la navidad de quienes son calificados por muchos ciudadanos como integrantes de la “clica novenera”.

Durante décadas, el costo de tener un Congreso está entre los secretos mejor guardados, pero ahora, para mala suerte de quienes nunca se molestaron en mencionar siquiera la eliminación de tales prebendas, existe en el país y en el mundo una válida, explicable y necesaria corriente de contar las costillas a los gastos del gobierno. El presidente Giammattei, en su cruzada contra la corrupción, señaló costos excesivos en la compra de pan francés para la Casa Presidencial. Entonces, para seguir esa línea de pensamiento debe utilizar su poder legal para presionar al Organismo Legislativo, cuyas barbaridades económicas contribuyen al desprestigio del Estado, demuestran y dan la razón a los guatemaltecos cuando se expresan de manera peyorativa y/o indignada.

Ciertamente se trata de dos poderes del Estado distintos e independientes: el Ejecutivo y el Legislativo, pero un presidente interesado en pasar a la historia de manera positiva no puede mirar hacia otro lado por temor a presiones y chantajes provenientes de los jefes de esas clicas. En ese sentido es loable la decisión del presidente del Congreso, Allan Rodríguez, de renunciar a los fondos de caja chica y almorzar en la cafetería del Congreso. No son temas “tan banales”, como dijo Rodolfo Neutze, cuyo error es no calcular el alcance anual de estos gastos inflados y vergonzosos en su mayoría. Un viejo dicho muy conocido y aplicado en ciudadanos de cualquier clase social expresa: “Cuida los centavos, que los quetzales se cuidarán solos”. En el gasto público, cuida los cientos de quetzales porque los millones se cuidarán solitos.

La situación en el Congreso responde en mucho a problemas políticos. La crisis interna de la Unidad Nacional de la Esperanza ya es innegable e imparable. Debido a ser el grupo político más grande, con 52 diputados, supera en tres veces al partido oficial y su número equivale a los sumados por 12 partidos políticos. No deseo comentar sobre la posible anulación del partido, como consecuencia de maniobras preelectorales a favor de Sandra Torres. A mi juicio, procede hacer eso, pero es tema de otro artículo. De llevarse a cabo se llegaría a una situación necesaria, aunque peligrosa si no hay una estrategia para adaptar el país a esa nueva posible realidad. Los gastos del Gobierno deben ser considerados no por año, sino por día, para hacerlos comprensibles a la realidad de la ciudadanía. Así los politiqueros talvez podrán entender las causas del rechazo generalizado.