La buena noticia

Llegar a ser feliz

Mario Alberto Molina mariomolinapalma@gmail.com

Publicado el

Con frecuencia a los niños pequeños se les pregunta: ¿Qué quieres ser cuando llegues a grande? Los niños suelen dar respuestas inesperadas y hasta jocosas. Esa inocente pregunta, sin embargo, siembra una estructura biográfica en su mente: debo ponerle una meta a mi vida. La pregunta se repetirá a lo largo de la niñez y juventud: “Debes ganar el curso en la escuela para pasar al siguiente”. “Debes terminar el diversificado para ir a la universidad y tener una profesión”. O lamentablemente también “basta que completes los básicos, pues con eso es suficiente estudio para ponerte a trabajar y ayudarme”. La pregunta finalmente se va transformando hasta llegar a formulaciones tales como: ¿Qué debo hacer para ser feliz? ¿qué debo hacer para que mi vida tenga sentido? ¿qué debo hacer para que mi vida valga las penas que cuesta vivirla?
Ese es el contexto vital en el que hay que encuadrar un relato evangélico que tiene por protagonistas a un hombre y a Jesús.
Un día en que este iba por el camino, un hombre le preguntó: “¿Qué debo hacer para alcanzar la vida eterna?”. Ciertamente, casi nadie se hará esa pregunta en esos términos hoy. Pero en la mente de un judío piadoso e inquieto por el sentido de su vida esa era la manera de expresar la pregunta acerca de lo que debe hacer para alcanzar la felicidad y la plenitud que toda persona desea para sí. Un judío sabía que para alcanzar la felicidad debía alcanzar también a Dios. Y ese judío inquieto pensaría igualmente que la persona de la que se podría esperar una respuesta iluminadora sería seguramente un hombre de Dios.

Por eso le pregunta a Jesús, quien le da una primera respuesta. Le indica que debe cumplir los Diez Mandamientos, el código ético bíblico que en pocas frases señala los criterios básicos de conducta moral. ¿Por qué la primera respuesta de Jesús es de naturaleza ética? Porque el único modo de construir la propia vida con sentido, el único modo de darle forma a la propia biografía es a través de la educación de la libertad. Las personas somos individuos en construcción. Al principio no somos lo que debemos llegar a ser. Por eso la pregunta que se les hace a los niños es altamente educativa. Hay que aprender a discernir entre las acciones por las que uno se construye a sí mismo, a su familia y a la sociedad, y las acciones que causan destrucción de la propia persona, de la familia y de la sociedad. Uno puede contrastar esa respuesta de Jesús con los consejos que a veces los padres dan a los jóvenes: para ser alguien en esta vida debes tener una profesión, debes llegar a tener dinero, debes hacerte respetar en la comunidad. A veces, con la recomendación implícita de que todo vale para alcanzar esas metas.

El hombre inquieto le dice a Jesús que su conducta ha sido siempre intachable. Seguramente la respuesta es sincera. Pero el segundo consejo de Jesús es sorprendente. Le dice: “Vende todo lo que tienes y sígueme”. Está bien y es necesaria la rectitud moral, pero la felicidad que buscas no se conquista, se recibe; no se alcanza a través de los logros de tu esfuerzo, no se compra, sino que es un don de Dios. Aprende a vivir como yo, dice Jesús, que dependo totalmente de Dios. El hombre inquieto, sin embargo, había puesto su seguridad en sus logros económicos, frutos de su esfuerzo personal. No pudo acoger el planteamiento propuesto por Jesús. Otros muchos sí lo han hecho a lo largo de la historia del cristianismo. La “vida eterna”, la felicidad duradera no se alcanza como resultado del esfuerzo y empeño personal, sino que será siempre don recibido de Dios en pura gratuidad. En términos teológicos: no solo las obras, sino, ante todo, la gracia alcanza la felicidad.