Catalejo
Los excesos contra la ley exigen defensa social
Las instituciones estatales democráticas urgen de cambios.
El error de los jueces al aplicar la ley, derivada en injusticia, es una posibilidad en el Estado de Derecho, como lo son también las triquiñuelas güisachescas para librar a culpables. Es injusto, pero ha sucedido a lo largo de los tiempos. Sin embargo, es distinta la burla a la ley, su aplicación malintencionada, falaz, corrupta. Por otro lado, la frase “la ley es dura, pero es la ley”, igual de antigua, se ha convertido en los últimos años en una mofa, una burla al derecho, y conceptos válidos como el del respeto a los derechos humanos son ahora calificados como una manera de irrespetar los derechos de los inocentes, de los ciudadanos comunes, para beneficio de los criminales. Esto ayuda a desprestigiar la práctica del Derecho como búsqueda del orden social.
La burla a las leyes obliga a buscar limitaciones a muchos conceptos otrora válidos, hoy letales para la sociedad.
Un factor adicional es la aplicación irreflexiva de la idea de permanencia sin cambio alguno en el período de alguien electo o escogido para un período en los sistemas presidenciales, por ejemplo. En su área positiva, tiene la ventaja de establecer cierto orden al impedir cambios súbitos, como puede ocurrir en el sistema de elección indirecta parlamentaria del jefe del partido político mayoritario —caso de Inglaterra—. Sin embargo, puede volverse contraproducente cuando esa presidencia de tiempo fijo se convierte en un valladar imposible de romper cuando hay desmanes dictatoriales de un Ejecutivo cuando ha logrado obtener mayoría en el Congreso o Senado. Estos hechos del mundo democrático tradicional obligan a tomar medidas nuevas para salvar la democracia.
Muchas revoluciones ocurren sin violencia, y aunque son súbitas, hasta cierto punto sorpresivas —en el campo científico— resultan producto de un proceso lento y este comienza a ser descubierto o sospechado por un grupo pequeño, por una minoría culta con perspicacia, esa característica de algunos seres humanos para entender temas difíciles y descubrirlos en sus inicios. La generalidad ciudadana no puede, no desea ni tiene el valor de comprender y cuestionar la realidad ni de predecir las consecuencias de no intervenir para impedir el desastre. Cuando lo logra, ya es demasiado tarde. En lo político, la revolución casi siempre es violenta y sangrienta, pero aun así tiene una etapa previa donde se empieza recargar el ambiente, lo cual se evidencia al analizar hechos previos.
El futuro político inmediato de Guatemala es negro. Hay una abundancia de pseudopartidos, diputados, funcionarios corruptos, ciudadanos deseosos de participar en la politiquería porque logran engañar a algunos ilusos para financiar estas agrupaciones amorfas, sin base ideológica alguna y basados en la búsqueda de la corrupción. Hay candidatos tercos, aferrados a buscar la presidencia y también las alcaldías y las curules como fuentes de enriquecimiento ilícito y del alejamiento de la realidad del promedio de los ciudadanos. La ignorancia es cercana a la negligencia, es decir a la renuncia voluntaria a conocer lo mínimo necesario para ejercer el voto —por ejemplo— y también a caer siempre en la trampa de promesas imposibles de cumplir si no hay cambios.
Las instituciones estatales democráticas urgen de cambios. Con el Congreso, las comunas, la universidad estatal, los sistemas jurídicos como están ahora, el abismo está a pocos metros. Deben buscarse soluciones a los problemas causados por la idea de esperar una separación natural de los mediocres. Por siglos la solución fue el golpe de Estado para iniciar de nuevo el camino, pero ese tiempo ya pasó y tampoco lleva a ninguna solución. El reto ahora es buscar motivos para hacer a un lado a quienes llegaron por elección y ahora destruyen a la sociedad, o realizar cambios a conceptos como el de libertad total, porque ahora es libertinaje. La tarea parece ser teórica o imposible, pero es posible, hay una revolución silenciosa parecida a la prevista por Ortega y Gasset hace cien años.