Catalejo

Los graves efectos de acciones precipitadas

Mario Antonio Sandoval

El gobierno giammatteiesco es, en realidad, un barco naufragando inexorablemente. La noche del sábado y todo el día de ayer los guatemaltecos usuarios de redes sociales tuvieron motivo de sobra para preocuparse de la evidente posibilidad de una rebelión social —espontánea o inducida—, al escuchar a los dirigentes de organizaciones indígenas de varios departamentos del altiplano y Petén informar de su decisión de no permitir el ingreso de camiones de grandes empresas capitalinas, como un tipo de represalia por no habérseles permitido entrar a la metrópoli a vender sus productos agrícolas, pocas horas después de la súbita y peligrosa decisión personal del presidente-soberano Alejandro I, quien desoyó a quienes sugerían no hacerlo intempestivamente.

Los videos de ayer mostraron a grupos campesinos excitados gritando a agentes de la policía, quienes retrocedían para protegerse. Después llegó otro mostrando humo de bombas lacrimógenas lanzadas desde carros policiales. La lógica de los campesinos es: si nos causaron pérdidas por no dejar entrar nuestros productos a la capital, hacemos nosotros lo mismo con productos de las grandes empresas capitalinas. Esto puede significar, veladamente, el próximo inicio de una verdadera rebelión étnica. Por aparte, escuché un mensaje para alertar a vecinos de una lujosa colonia residencial, para pedirles sonar las bocinas de sus carros si se repetía el intento de penetrar a fin de robar. Cada vez sube más la tensión en todas las ciudades, especialmente la capital.

A nadie debe extrañar el rumor de desavenencias entre el presidente y el vicepresidente, quien con sus disculpas, aunque sin valor práctico, demostró su interés personal por hacer algo en favor del gobierno, al escuchar las valientes quejas de médicos por la falta de atención a ellos y a los enfermos. La eliminación de toda noticia ajena a la versión oficial y haber sacado tanquetas militares a las calles son errores o parte de un plan para acallar a los críticos y mantener en zozobra a la población. La terquedad presidencial continúa. Se niega a limpiar el círculo cercano, casi siempre inútil. Otra gota de lodo se la dio el mandatario brasileño Bolsonaro, quien —según un cable noticioso— afirma haber conversado con su colega Giammattei para planificar visitas recíprocas.

Es necesario recalcar lo absurdo de decidir el cierre del país cuando la gente iba a recibir los cheques de su quincena, y ordenar el cierre de bancos. El presidente es primero político; el vicepresidente, primero ciudadano, y por eso puede entender mejor la realidad. Cuando los ciudadanos deben escoger entre obedecer una orden —por cierto muy mal explicada— y salir a comprar comida o a ganarse la vida porque viven al día, queda abierta la posibilidad de corrupción de quienes se encargan de impedir el paso. Por ello es urgente reiterar: el mando del país no se puede centrar en una sola persona, con las características de tener la necesidad de sentirse el sol, el centro, el eje. Eso es fácil de ver y no encaja con los principios democráticos, aunque esté de moda en varios países.

Esta crisis va en aumento. Al romperse algunas trancas ya no hay retroceso. Se le debe instar, casi rogar, al mandatario no atreverse a sacar a las tropas a las calles, con el erróneo criterio de imponer el orden. Eso solo provocará violencia y enardecerá a quienes están aguantando porque tienen posibilidades de quedarse en casa, al no tener necesidad de salir a la calle a trabajar para comprar comida. Tampoco debe olvidar el más difícil para él, pero talvez mejor para el país, de entregar el cargo a un vicepresidente con cualidades distintas y mejores en estos momentos. Ello implica, obviamente, reconocer haber fallado y perder el inicial apoyo, porque, como se comprobó otra vez anoche, solo se fija en la parte médica, pero no en el hambre de las familias en peligro por la obligada falta de ingresos.