Catalejo

Mezcla de estulticia con total desvergüenza

Mario Antonio Sandoval

Muchas reacciones han provocado desde el viernes anterior los videos de una irresponsablemente estulta fiesta, con asistencia de docenas de jovenzuelos, muchos de ellos menores de edad. Desde el sábado circulan videos y listados de los presuntos participantes; el Ministerio Público iniciará acciones, y el gobierno evaluará el desempeño de los policías para “sancionarlos drásticamente” si no fue correcto. Al no haber un solo capturado, tal frase solo presagia un castigo para los agentes e impunidad para los participantes, sobre todo el organizador de ese delito, con posibilidades de volverse crimen si alguien se contagia y muere. Políticamente, hay problemas para Giammattei porque algunos de quienes estuvieron presentes son familiares de financistas de campaña.

Se comprueba la poca importancia otorgada por la generalidad de los guatemaltecos a la ascendente crisis del coronavirus, aunque sea alto el nivel socioeconómico de los involucrados. En contraste circuló una foto de cuatro ancianas indígenas capturadas por caminar a su casa pocos minutos después del toque de queda. Esto abre paso a acusaciones de racismo, tema tan actual en todo el mundo. Los patojuelos no están libres de culpa; están obligados a acatar las leyes, y si son menores le trasladaron el problema legal a sus padres. Queda claro: es inocente confiar en la responsabilidad individual para decidir quién sale a la calle o se queda en casa. Es parte del subdesarrollo, en este caso intelectual y mental, pese a los estudios en colegios de primera.

Las autoridades deben encontrar a los participantes para ponerlos en cuarentena obligatoria y encarcelar a quien planeó esto, carente de las mínimas neuronas necesarias para no hacerlo. La mayoría de mensajes han sido críticos, pero también algunos justifican la participación y la idea de celebrar los fallecimientos, porque aunque no fuera esa la idea, la estupidez en organizar la parranda, y de creer tener éxito en su mariguanada de esconderlos, tampoco permitió pensar en el terrible efecto social, aumentado si muere alguien. Una psicóloga explica la actitud de “a mi no me va a pasar nada” porque nunca me pasa nada al sentirme y ser superior, lo cual deriva en buscar culpables y justificaciones, sin aceptar la responsabilidad ni el castigo.

Las mismas características se pueden buscar y encontrar en los padres permisivos (en chapín, nahuilones), caracterizados porque creen tener la obligación de salir en defensa irracional de sus hijos, en especial si son mujeres, en la totalidad de sus caprichos e irresponsabilidades. Como muestra tan evidente y ya mencionado subdesarrollo, es inocente, aunque bien intencionado, confiar en la obligación voluntaria y la responsabilidad moral a personas sin madurez. Al otro lado de la medalla se encuentran quienes no aceptan la ley porque siempre les va mal y se arriesgan no por capricho, sin importar las consecuencias, sino porque no tienen alternativa. Lo ocurrido fue una absurda exacerbación del principio de la libertad individual aplicada sin freno.

¿Qué hacer ante esa realidad? Aceptar la inevitable muerte de talvez varios miles al abrir la economía. Si a estos patojos tontos se les quisiera obligar a ir a cuidar enfermos, sus familiares intervendrían para evitarlo, a causa del riesgo mortal del coronavirus. A mi criterio, hay dos conclusiones terribles. Una, la demostración de irresponsabilidad de esa juventud residente en una burbuja ajena a la realidad del país. No ocurre lo mismo con los jóvenes heroicos arriesgando su vida para cuidar enfermos en los hospitales, luchando sin armas contra un enemigo invisible, sin siquiera recibir pago. Dos, esta estulticia de la cual los padres tienen responsabilidad aumentará el tiempo de la duración del encierro en las casas, cuyos efectos económicos son incalculables.