Catalejo

Naufragan Gobernación y también la cancillería

Mario Antonio Sandoval

En la mentalidad política de la mayoría de los guatemaltecos, el más importante puesto es la Presidencia de la República. Tendemos a pensar en la llegada de un aspirante cuya actuación debe ser la de un monarca absoluto —o un dictador— con su voluntad como centro de toda decisión. Tal actitud tiene, además, el factor de evitar el acto del ciudadano para pensar, y si a esto se agrega el justificado temor de manifestar en público sus sentimientos y pensamientos por medio de manifestaciones en las calles, no se tiene conciencia clara de la importancia de los ministerios de Gobernación y de Relaciones Exteriores. En ambos casos, quienes los ocupan en este momento ejemplifican como pocos escasa capacidad, arrogancia e ignorancia para ejercer los cargos.

En el caso de convertir a Guatemala en un “tercer país seguro”, tiene papel protagonista Enrique Degenhart, quien a todas luces ignora su ignorancia y jamás debió haber aceptado la oferta de Jimmy Morales. Recuerdo el escenario de opereta cómica organizado cuando ingresó al cargo. No podía creerlo. Su peor acción política fue haber realizado numerosos, misteriosos y ocultos viajes a Washington para participar en esta aberración y haber preparado el borrador de un acuerdo cuyas consecuencias serían terribles para el país.

La cancillería guatemalteca es un caso aparte, digno de estudio. Los diplomáticos, en general, muchas veces son injustamente definidos como “vagos ilustres” y como personas con cargos sin tareas importantes. Pero no es así: tienen a su cargo contribuir a la defensa de los intereses del país ante los gobiernos donde están acreditados. Muchos de ellos tienen experiencia, pero no pueden aplicarla porque les colocan por encima a jefes ineptos, llegados allí por compadrazgos personales o políticos. En la etapa final del desgobierno moralesco, próxima pero demasiado larga, hay una cadena de cambios y despidos inexplicables y, en algunos casos, peligrosos.

Esta cancillería irrespeta la ley vigente desde 1964, así como su escalafón y requisitos para los cargos, ascensos, etc. Los funcionarios son trasladados o removidos por así convenir a intereses personales o coyunturales y sin un diseño estratégico de a dónde se quiere encaminar al país. Se está abandonando el multilateralismo, es decir las Naciones Unidas nombrando gente no calificada para puestos de gran importancia, como la embajada en New York. Se olvidó el papel positivo de la ONU, al mediar en los 80 en los conflictos internos de Guatemala, Nicaragua y El Salvador.

Una excanciller de muy alta capacidad fue regresada de Europa. Un diplomático de experiencia es retirado de New York y se piensa reemplazarlo por un joven abogado, audaz, ambicioso y sin experiencia, aunque —eso sí— participante en la redacción del texto del “país seguro”. Patojas veinteañeras igualmente sin capacidad están siendo enviadas a sustituir a gente con experiencia. Hace algún tiempo fue notoria la abrupta salida de Carlos Raúl Morales como canciller, mientras iba en pleno vuelo a una misión. Lo sustituyó la actual canciller, de quien es innecesario comentar más. Claro, haber aceptado la candidatura vicepresidencial de la UNE le afectó en su prestigio.

Por todo eso creo justificado hablar de un derrumbe de Gobernación y de la Cancillería. Se afianza el riesgo ya comentado de desastres aún mayores desde ahora hasta el 14 de enero próximo: son seis larguísimos meses. Alguien debería convencer a Jimmy Morales de la necesidad histórica de permanecer inmóvil, callado, sin tomar decisión alguna. A su nefasta presidencia ya solo le quedan, de hecho, 25 días, y en teoría esos seis meses. Es un naufragio de todo el gobierno, porque los barcos no se hunden por partes. Aunque los historiadores señalan medio siglo para calificar a un hecho como parte de la Historia, en casos como el hoy comentado el inicio de esa calidad comienza cuando termina una etapa, en especial si provoca vergüenza nacional.