Catalejo

Necesaria información de la realidad sísmica

Mario Antonio Sandoval

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Ayer a las 12.17 horas ocurrió un sismo de 3.7 grados a 1.1 kilómetros debajo de la Antigua, el más reciente de los numerosos movimientos telúricos reportados por el Instituto Nacional de Sismología, Vulcanología, Meteorología e Hidrología, Insivumeh, indicadores de un incremento de sismos desde el sur de México hasta Panamá, también dentro del territorio nacional y abajo del Pacífico guatemalteco. Este artículo no pretende ser una cátedra de los complicados temas relacionados con los movimientos de la superficie de la Tierra, o de las placas tectónicas en las cuales se divide, sino solo sugerir campañas de concienciación del riesgo de terremotos, de los cuales solo se ignora cuándo sucederán, así como de acciones para reducir sus efectos colaterales.

Guatemala está en las fronteras de dos placas tectónicas, la de Cocos, en el Pacífico, y la del Caribe, ambas muy cercanas al valle de la capital. Históricamente, 75 años es el lapso promedio: 1776, destructor Santiago de los Caballeros; 1842, en Quetzaltenango; 1917, destructor de la capital; 1976, en Zacapa. Por eso es razonable pensar en la cercanía del próximo, aunque es imposible predecirlo. Una manera de reducir los trágicos efectos de un terremoto radica en la información otorgada a la ciudadanía en un país donde desafortunadamente están dadas las condiciones, consecuencias peores de las sufridas por el terremoto del 4 de febrero de 1976, hace ya 44 años y por eso no conocidas por al menos la mitad de la población. Estos efectos se relacionan con el aumento de la población y del número de viviendas situadas en lugares riesgosos.

El guatemalteco promedio debe tener conocimientos, aunque sea básicos, de cómo actuar cuando ocurra un terremoto y sobre todo cuándo se puede esperar uno, en base a la recopilación histórica de los grandes terremotos. Es necesario dividir el concepto de movimiento telúrico en las categorías de sismos dedicada a aquellos sin efectos trágicos, así como de microsismos, únicamente sensibles en los instrumentos científicos de medición, para dejar a la palabra terremoto como uno de grandes proporciones. El de 1976 tuvo 7.5 grados en la escala de Richter, una de las maneras de medirlos. También se deben conocer popularmente la diferencia de un terremoto de oscilación –hamaqueo– y de trepidación, o sea vertical de abajo arriba, a veces más violentos.

Es menos malo si un terremoto ocurre de noche, como en 1976, porque entonces no hay embotellamientos de tránsito, si es de oscilación, si dura pocos segundos y es profundo dentro del planeta Tierra. Mientras es más superficial, los efectos son menores. El de Managua, pocos meses antes del guatemalteco en el año mencionado, fue mucho menor en potencia, pero destruyó la ciudad por haber sido muy superficial. En ese año hubo 25 mil muertos y un millón de damnificados, pero la población era al menos dos veces menor a la de hoy, y por ello un terremoto similar podría provocar 50 mil muertos y dos millones de damnificados. Son simples proyecciones matemáticas.

Hay precauciones mínimas pero efectivas: dejar en un lugar específico las llaves del carro, pantuflas para evitar cortarse los pies con los vidrios rotos, darle a cada miembro de la familia una acción específica, como abrir todas las puertas para evitar su atrancamiento, dejar una bata cercana, una linterna y saber cómo encenderla en los celulares porque la energía eléctrica se suspende por medidas de seguridad. Las autoridades deben indicar cómo se debe actuar si el terremoto ocurre de día, experiencia aun no vivida por la abrumadora mayoría de la población actual. Vivir un terremoto es una aterrorizante experiencia inolvidable, como lo podemos atestiguar quienes la vivimos en 1976. Estoy convencido de la posibilidad de minimizar los efectos secundarios.