Mirador

Nostalgia: “ser y estar” en la Navidad

Pedro Trujillowww.miradorprensa.blogspot.com

Siempre me gustó esa agudeza del idioma español que cuenta con dos verbos: ser y estar, para lo que otros idiomas emplean uno solo: être o to be. De ahí que sea difícil para muchos que no dominan la lengua de Cervantes distinguir cuando se “es” y cuando se “está”. Ser, implica fusión con el entorno, formar parte de algo de forma sustantiva, integrada, plena. Estar, por su parte, no pasa de posicionar a alguien sin que necesariamente se funda con cuanto lo rodea y lo tome como propio, incluso puede que el entorno le pase desapercibido. Sutilezas semánticas que lejos de ser intrascendentes tienen enorme implicación cuando se usan apropiadamente para expresarse con precisión ¿Qué harán francófonos y anglófonos para superar tal vacío?
Hoy, que es Nochebuena, recuerdo —con cierta melancolía— cómo se vivía más intensamente la Navidad cuando era pequeño. Se “era” Navidad porque se formaba parte del ambiente, del entorno. Hacíamos belenes o se montaba el arbolito como cada quien entendía y podía, porque no siempre se disponía de materiales apropiados. Visitábamos a amigos y familiares e íbamos engordando en la medida que se engullían mazapanes y mantecados, algo propio de esas fechas porque no estaban disponibles el resto del año. Esperábamos con ilusión el pavo navideño, que en muchos hogares era la única vez que se asomaba a la cocina de gente humilde —como era mi casa—, y cantábamos villancicos con panderetas y carracas porque, además de la radio, no había otra distracción. Más tarde llegó la televisión, y con un único canal que terminaba a medianoche, aumentó el jolgorio festivo de esos días especiales.

Nunca tiempos pasados fueron mejores, pero son los que uno recuerda. Ahora que estamos en Navidad, muchos se quedan en ese verbo y situación. Viajes, diversiones, convivios, licor… y vivimos el entorno sin darnos cuenta de lo que nos rodea. “Estamos”, pero no “somos”, y se pasa por alto una triste realidad que desconocemos sin implicarnos en ella. Decenas de niños mueren de hambre a nuestro alrededor y cientos de niñas violadas en estos días quedan embarazadas, por no contar el centenar largo de asesinados. Llenamos las iglesias de cánticos, posadas, loas, plegarias y besa pies de la imagen de Jesús niño, pero al terminar la ceremonia evidenciamos ese divorcio entre fe y vida que Juan Pablo II censuró. Y es que cuando “estamos” únicamente formamos parte del decorado. Si “fuésemos”, seguramente viviríamos la realidad, tomaríamos conciencia y nos dolería todo lo que ocurre, que además es perfectamente evitable. Los niños se mueren porque el sistema —del que formamos parte— no los atiende; la niñas son violadas porque el sistema —que construimos— no educa, disuade ni actúa; se cometen homicidios porque el sistema —que no cambiamos— genera enorme impunidad.

Yo quisiera retornar unos minutos al pasado, aquel en el que, felices y dichosos, con alma cándida de niño o de joven, caminábamos varias cuadras a buscar almendras o castañas calentitas, para sonreír sin importar lo que pasara. Pero cada época tiene sus notas particulares y no hay que dejar de vivirla y disfrutarla, aunque no es tarde para ese necesario llamado de atención sobre la falta de visibilidad de un entorno que ha dejado de doler, si es que alguna vez lo hizo, y la necesidad de fijarse metas de cambio en cosas que no son ideológicas ni de sectores específicos. Superar la pobreza, cuidar a la niñez y el respeto a la vida son cuestiones generales en las que deberíamos estar todos de acuerdo.

Dicho eso, muy Feliz Navidad para todos.