Liberal sin neo

Ochenta años después

La ampliación de sus objetivos y el distanciamiento de sus propósitos

Cuando se firmó la Carta de las Naciones Unidas (ONU) en San Francisco, en 1945, sus redactores tenían una misión definida. El mundo acababa de salir de la guerra más devastadora de la historia y el propósito de la nueva organización era impedir que semejante desastre se repitiera. Los primeros capítulos de la Carta reflejan ese espíritu; preservar la paz, promover la cooperación entre estados soberanos y resolver controversias por medios pacíficos.

La lengua franca de la ONU y de buena parte de la burocracia internacional.

Ochenta años después, la ONU ha perdido el rumbo. Ha sufrido una expansión constante de organismos, relatores especiales, agencias, programas y burocracias permanentes. Como ocurre con muchas instituciones públicas, el crecimiento de su estructura vino acompañado por la ampliación de sus objetivos y el distanciamiento de sus propósitos. Hoy pretende orientar cómo deberían organizarse las sociedades.

Esa transformación se observa en el lenguaje de algunos de sus funcionarios. La reciente intervención de la relatora especial sobre el derecho a la salud, Tlaleng Mofokeng, atribuye los problemas de salud en el mundo al capitalismo extractivo, el colonialismo, el pillaje de recursos, el racismo y el patriarcado. Este lenguaje por parte de un funcionario patrocinado por la ONU, en su seno, es propio de determinadas corrientes ideológicas contemporáneas. Nadie cuestiona el derecho de cualquier persona a sostener esas posiciones. Lo preocupante es que este vocabulario se ha convertido en la lengua franca de buena parte de la burocracia internacional.

Algo semejante aparece en el informe The Roadmap for Eradicating Poverty Beyond Growth (2026), elaborado bajo el mandato de un relator especial de la ONU. Entre sus propuestas figuran impuestos globales sobre la riqueza, límites a la acumulación de patrimonio, la planificación “democrática” de la economía mundial y una profunda reorganización del orden económico internacional.

Una organización concebida para facilitar la convivencia entre estados termina albergando propuestas que implican una redistribución mundial del poder económico y político. Cuanto más ambiciosas son esas agendas, mayor es la concentración de autoridad que exigirían para hacerse realidad. La historia enseña que la concentración del poder rara vez permanece confinada a los objetivos para los cuales fue inicialmente concebida.

En 1945 predominaba una filosofía heredera del orden westfaliano, el sistema de relaciones internacionales basado en naciones soberanas e independientes que gozan de igualdad jurídica. El derecho internacional debía facilitar la convivencia entre naciones y evitar la guerra; la ONU no fue concebida para diseñar la arquitectura política y económica del mundo.

Gradualmente, sobre décadas, aparece otra concepción: el sujeto deja de ser el estado soberano y pasa a ser la “comunidad internacional”. Los expertos internacionales formulan agendas globales y los derechos humanos se expanden desde libertades civiles hacia derechos económicos, sociales, culturales, ambientales y mandatos para “la humanidad”. Paralelamente, el desarrollo deja de orientarse por el crecimiento económico y pasa a definirse mediante sostenibilidad, equidad, inclusión, justicia climática y múltiples indicadores normativos.

Las instituciones cambian; desarrollan incentivos, crean culturas internas y generan dinámicas que sus fundadores nunca imaginaron. La ONU sigue este patrón; entre la organización diseñada en 1945 y lo que es hoy media una distancia considerable. Se ha convertido en un Leviatán burocrático, ideológicamente capturado, que se cree llamado a orientar el rumbo de la civilización.

ESCRITO POR:

Fritz Thomas

Doctor en Economía y profesor universitario. Fue gerente de la Bolsa de Valores Nacional, de Maya Holdings, Ltd., y cofundador del Centro de Investigaciones Económicas Nacionales (CIEN).

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