Catalejo

Para vencer a la ingobernabilidad

Mario Antonio Sandoval

Cada vez queda más claro a más ciudadanos la gravedad de la situación del país, ya aumentada y por aumentar en los cien días faltantes para el fin de este desgobierno. El presidente electo se encuentra en una posición muy difícil, y necesita, por primera vez en muchos años, tener claridad de cómo son de complejos los problemas del país y cómo es de absolutamente indispensable la lucha por evitar la consolidación de un maremágnum. Dos de sus declaraciones me han parecido importantes: una, el llamamiento a doblar las páginas de la historia reciente y de la inmediatamente cercana. Y la otra, la posibilidad de dar marcha atrás a la idea evidentemente equivocada, y mala para Guatemala, de declararlo “país seguro”, broma de mal gusto y humor negro.

Al respecto de la primera idea, se debe pensar en razones para realizarla. Y se van asomando, no tan poco a poco como podrían pensar algunos, porque dependen de la forma de pensar y del intento de encontrar salidas con el fin de lograr algo siquiera de avance para el país, pues no hacerlo afianza la espiral hacia la vorágine. Por aparte salta a la vista la conspiración para terminar de acabar con lo poco restante de las formas democráticas, como la independencia de poderes, sin la cual el estado de Derecho desaparece y se aleja del horizonte nacional, sin duda por muchos años, por ser la antesala de una dictadura. Todo el continente americano, norte, centro y sureño es un escenario donde ya están floreciendo dictaduras al estilo de las existentes hace décadas.

El país necesita una nueva ruta, ante el fracaso de la actual a consecuencia de los abusos, la burla a la ley, todo envuelto en un simplismo intelectual por la aplicación de ideas políticas, económicas y sociales, así como la negación de realidades como la muerte paulatina del planeta Tierra, en el campo científico, y la aplicación igualmente simplista de criterios religiosos, tanto en el campo de las iglesias serias como de las denominaciones o sectas donde el engaño a los fieles es la principal de sus metas, con fines de beneficio político para otro país. Por eso la crisis de la ingobernabilidad no solo está a la puerta, sino dio un paso hacia adentro. El subdesarrollo social, económico e intelectual —mayoritario— es otro elemento facilitador de esta preingobernabilidad.

Veo con preocupación, y en base a tantos años de ver las aguas pasar por el mismo cauce, cómo en este momento hay una partición total: nadie quiere hablar con nadie, y mucho menos dialogar, discutir con madurez. Se busca la confrontación, el rechazo, y ya están allí, evidentes. Se busca quién la debe y, peor aún, quién la paga porque yo lo quiero. A quien piensa distinto lo descalifico porque tengo prejuicios y caigo en la sobresimplificación y en la generalización imperfecta, es decir a considerar a todos los integrantes de un grupo social como exactamente iguales, con pensamiento idéntico, sin matices. Se manifiesta una sed de venganza, lo cual es inútil porque Guatemala es un país con más de la mitad de ciudadanos menores de 40 años.

Un reto para debilitar primero y luego destruir la ingobernabilidad es sacudirse el nepotismo, el amiguismo, el pillaje a la nación. Las generaciones jóvenes, menores de 30 años, ven con desagrado esa actitud de las generaciones anteriores, fracasadas porque simplificaron su pensamiento, aunque hayan sido víctimas de la geopolítica de la Guerra Fría. Si se quiere entender la política, debe verse la geografía, dice un viejo aforismo. La actual geopolítica es distinta, y nuestro istmo ha adquirido importancia porque esta no se relaciona necesariamente con el tamaño de los países. Pese a todo, Guatemala de nuevo tiene oportunidad de mejora. Dependerá de decidir dónde empezar y cómo deseen ser considerados por la Historia quienes por azares del destino lleguen a dirigir a sus élites.