Catalejo

Pesadilla termina; esperanza comienza

Mario Antonio Sandoval

Un viejo adagio señala “No hay plazo que no se cumpla”. Cierto. Hoy es el último día completo de un plazo iniciado hace cuatro años, lleno de esperanza muy pronto convertida en decepción mezclada con desprecio, rechazo y repugnancia dirigida a quien convirtió al Organismo Ejecutivo en un circo de tercera categoría. Mañana comenzará un nuevo plazo, adornado de esperanza por el retorno del país y de sus instituciones estatales a un lugar adecuado, en una tarea probablemente imposible de terminar, pero al menos con posibilidades de comenzar y avanzar hasta donde se pueda. Jimmy Morales comienza su ingreso al basurero de la Historia, y Alejandro Giammattei tiene la posibilidad de convertirse en un presidente con una positiva huella histórica, si así lo decide.

A partir de mañana después de las 14 horas, Morales se convertirá en un expresidente cómico con comicidad de la barata, chusca, vulgar. Al refugiarse en el Parlamento Centroamericano, contribuirá a afianzar el desprestigio de una entidad nacida como efecto de una situación internacional, sobre todo en Europa, ya hace tiempo desvanecida. Fue una buena idea, pero a los pocos años, al haberse convertido en refugio de malos gobernantes caracterizados por sus desmanes y corrupción, perdió el apoyo de quienes lo vieron con simpatía en la segunda mitad de los ochentas y primera de los noventas. Estaba relacionada con el esfuerzo de democratización del Istmo conforme terminó la confrontación armada a causa de las acciones de los grupos guerrilleros.

Alejandro Giammattei tiene muchas tareas urgentes, como han señalado analistas y columnistas de la prensa independiente, así como de seguro lo han hecho quienes están cerca de él y no tienen intenciones lambisconas o de engañarlo. Su discurso en la investidura del cargo debe ser un resumen de sus principales metas, expresadas en términos fáciles, sencillos. Ahora son promesas, ya no electoreras sino presidenciales.

Debe tomar en cuenta la actitud expectante de quienes lo escuchen y vean, porque ellos le otorgarán importancia a todo lo expresado, pero muy especialmente a los temas de su interés propio. Una abrumadora mayoría de estas personas tendrán una actitud positiva hacia él, causada por el alivio del fin del gobierno circense mencionado.

A propósito del discurso, me parece conveniente sugerir un lenguaje sereno, no de gritos. Ya los tiempos de hablar de esa manera, pasaron. Se debe dirigir al cerebro de los oyentes, no su hígado. Hacerlo con lenguaje ásperamente pronunciado cerrará los oídos de la gente serena. Un presidente no grita; convence por su tono sereno, y su pronunciación clara, lo cual ayuda a la comprensión. Ya no está en campaña. Ahora es el presidente y lo es de todos los guatemaltecos. Puede ver discursos de mandatarios de otros países, para facilitar la comprensión de cómo debe dirigirse. A mi juicio, esa es su primera oportunidad, muy clara de presentar a la sociedad a su gobierno, cuyos cambios él tiene la oportunidad de demostrarlos con de esa simple forma.

Los guatemaltecos tenemos tres tareas muy importantes, en apariencia contradictorias. La primera es desearle suerte al nuevo mandatario, porque la necesita y porque eso beneficia al país, tan necesitado de esto. La segunda es vigilarlo para hacer sugerencias cuando este equivocándose, se encapriche, situaciones posibles porque es un ser humano. Y la tercera, en caso de la persistencia en el error, hacérselo saber públicamente, por el círculo de amigos o por los medios de comunicación. Quien critica, aconseja, directa o indirectamente.

Es conveniente para Alejandro Giammattei leer a los historiadores políticos cuando se refieren a cómo han actuado los gobernantes del pasado, ya sea muy lejano o reciente. La presidencia obliga a prepararse mientras se ejerce. Es parte de las ironías y contradicciones del cargo por el cual se empeñó tanto.