Liberal sin neo

Pisando fuerte

Fritz Thomas fritzmthomas@gmail.com

Publicado el

La imagen es fuerte y dice mucho; soldados con cascos, chalecos blindados y fusiles de guerra irrumpen en el salón de sesiones de la Asamblea Legislativa en San Salvador, acuerpando al presidente Nayib Bukele, quien se posesionó de la mesa de la Junta Directiva para arengar a los diputados. El pasado domingo, Bukele, de hecho, tomó al Parlamento por asalto con fuerzas del Ejército y policía. Otra imagen, de Getty Images, publicada por la BBC, muestra a francotiradores apostados en techos aledaños al Parlamento y un fuerte dispositivo de las fuerzas de seguridad rodeando el edificio. El Gobierno también organizó una “manifestación popular” en un área cercana al Parlamento, evocando las “turbas divinas” de las que hacía instrumento el gobierno sandinista de Nicaragua.

El presidente Bukele había convocado a una sesión extraordinaria de la Asamblea Legislativa, amparándose en un artículo de la Constitución, nunca usado antes, que faculta al Consejo de Ministros a convocarla extraordinariamente “cuando los intereses de la República lo demanden”. Tal demanda del interés de la República sería la aprobación de un préstamo del BCIE por US$109 millones, para equipamiento de las fuerzas de seguridad, en el contexto de la fase III del Plan Control Territorial. El ministro de la Defensa, René Merino Monroy, declaró que el Ejército permanece “obediente al presidente y comandante general de la Fuerza Armada, Nayib Bukele”. Un día antes de la irrupción en la Asamblea, el director de la Policía Nacional, Mauricio Arriaza Chicas, manifestó: “Apoyamos al señor presidente en su justa lucha por hacer de nuestro país el país que merecemos”. Que las fuerzas de seguridad se prestaran al ejercicio intimidatorio de Bukele es un atropello a la institucionalidad; hacerlo para presionar por un préstamo destinado a comprarles equipo raya en lo peligroso.

Bukele es un presidente joven. Fue electo alcalde de Nuevo Cuscatlán en 2012 y de San Salvador, en 2015, en ambos casos como candidato del FMLN, partido surgido de las organizaciones guerrilleras de El Salvador. En 2017 fue expulsado del FMLN y fundó el movimiento Nuevas Ideas, pero no logró inscribirlo como partido político. Finalmente logró participar en los comicios como candidato de Gana, partido que se autodefine como derecha popular. Bukele ganó en primera vuelta con 53% del voto, desplazando a los partidos tradicionales Arena y FMLN. Si bien obtuvo una respetable mayoría en el voto popular, carece de fuerza en la Asamblea Legislativa de 84 diputados; Arena y el FMLN controlan 80 curules y Gana solamente 10.

Bukele y las fuerzas de seguridad entraron a una Asamblea Legislativa casi vacía. La mayoría de diputados no atendieron su convocatoria y no se logró quórum. El presidente les dio a los diputados un ultimátum de una semana para aprobar la negociación del préstamo. Ya afuera del Parlamento, ante sus “seguidores”, dijo: “Estos sinvergüenzas no quieren trabajar por el pueblo. Una semana les vamos a dar”. Finalizó diciendo: “Yo le pregunté a Dios y me dijo: paciencia”. Qué bien que digas que le hablas a Dios; otra cosa es que digas que Dios te habla.

¿Es Nayib Bukele un enérgico, audaz y astuto político? ¿O es un mesiánico aspirante a dictador que no alcanza a ver los límites que le imponen las instituciones democráticas? Ya veremos. Hay pocos argumentos para defender a los diputados salvadoreños, pero el actuar de Bukele probablemente conduzca a una aún mayor polarización y parálisis entre el Ejecutivo y la Asamblea. Los sucesos del domingo van más allá de la música de la democracia.