Catalejo

Problema básico es la ausencia de valores

Mario Antonio Sandoval

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Un número cada vez más creciente de ciudadanos se pregunta por qué Guatemala evidentemente va al abismo para convertirse, ya en forma definitiva, en un narco-clepto-Estado. Se profundizan las características propias de este tipo de estados, donde el mando tácito y ahora claro, abierto, radica en quienes están relacionados con el oscuro y criminal mundo de las drogas, en un contubernio con aquellos dispuestos a hundir al país en el subdesarrollo, no a intentar siquiera sacarlo de ese fango. Ha sido un largo proceso por desgracia iniciado con el primer gobierno nacido por elecciones populares no amañadas y la consiguiente esperanza de lograr mejoras a causa de esta característica, por el hecho de tener a los civiles con más participación en conducirlo.

Fue una ilusión de inocencia casi infantil. Nadie se imaginó el surgimiento o consolidación de grupos sociales, económicos, políticos, hasta algunos religiosos, cuyo plan iba a desarrollarse a paso lento. En los primeros años funcionaron el Tribunal Supremo Electoral, la posibilidad de apertura de partidos políticos ideológicos —como eran los de ese tiempo—, la Corte de Constitucionalidad, la necesaria repartición del cinco por ciento del presupuesto nacional para las municipalidades, a fin de asegurar el desarrollo. Pero desde entonces comenzó a ser evidente el error de esta facilidad de crear partidos con un mínimo de solicitudes ciudadanas, porque les abrió la puerta a pretenciosos engañados por politiqueros hábiles para sacarles dinero y hacerse del poder.

Los ciudadanos guatemaltecos tenemos en común el deseo de buscar un líder, pero sin tener claro el significado del término. Por otro lado, muchos se creen la personificación de ese Cid Campeador tropical, y mientras menos posibilidades tienen de ganar una elección o lograr algo de importancia con su horda, más insultan y alegan cuando los resultados les son adversos. Un sádico ejercicio sería preguntar a cualquier ciudadano los nombres de diez de los muchos más de cien aspirantes a ponerse en el pecho la bandera presidencial. Hay un inconsciente entendimiento de la corta vida de esos “partidos” cuyos nombres muchas veces provocan hilaridad: Vamos por una Guatemala Diferente o Frente de Convergencia Nacional-Nación, por citar dos ejemplos. Hay muchos más.

La esperanza de cambios provocó buscarlos en diversos grupos sociales, pero todos han demostrado ser lo mismo. Se intentó con civiles, con mujeres, con miembros de grupos religiosos no católicos. Estos últimos comenzaron con Efraín Ríos Montt y con Jorge Serrano, para continuar con Jimmy Morales y Alejandro Giammattei, quienes mencionan a Dios sabiendo perfectamente de la mentira de sus declaraciones. Han participado personajes indígenas, pero también en muchos casos han caído en el fango de la corrupción. Esto se debe a no estar libres, todos estos personajes, de caer en la tentación del dinero fácil, propiciada por los ponzoñosos frutos del dinero mal habido gracias a la corrupción.

Estas realidades espantan a los ciudadanos dignos, dispuestos a trabajar por el país en alguna de las muchas formas como puede hacerse dentro de la administración pública. Por supuesto, hay honrosas excepciones, pero sus tareas, realizadas muchas veces durante largos años, se ven brutalmente cercenadas cuando su experiencia es tirada a la basura, porque para pagar favores políticos se termina dando el cargo a compinches, amigos íntimos o señoritas curvilíneas. Por todo ello no es posible dejar de señalar la deplorable calidad humana prevaleciente en la burocracia, ya sea por nombramiento o por elección. Lo peor: es imposible hacer los cambios urgentes, porque decidirlos está en las manos de quienes se enriquecen.