Liberal sin neo

Prometo controlar el nivel del mar

Fritz Thomas fritzmthomas@gmail.com

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Tres reglas sanas para las relaciones entre personas: no mientas, no hagas trampa y no hagas promesas que no puedes cumplir. Un artículo sobre la Cop26, la conferencia sobre el clima que se realizó en Glasgow, publicado en National Geographic (NG) el 12 de noviembre, es encabezado por una bella fotografía de Tuvalu, una pequeña isla en el sur del Pacífico, con población de 11 mil habitantes. El texto que calza la imagen relata: “Ya las elevaciones del nivel del mar están impulsando inundaciones, intrusión de agua salada y erosión de las costas; algunos científicos han proyectado que el país podría estar inundado e inhabitable dentro de 50 o 100 años”. Aun cuando no lo dice directamente, la autora da a entender que Tuvalu, y otros países y tierras pueden ser salvados del inminente apocalipsis climático si los países ricos dan suficiente dinero. No queda claro si esto fuera para construir diques faraónicos que detuvieran el mar o deslizar un inmenso colchón de billetes por debajo de la isla para elevar su altura.

La historia, arqueología, mitología y textos sagrados están repletos de ancestrales diluvios catastróficos que acabaron con el hombre. En diferentes textos sagrados, la historia de Noé en el Antiguo Testamento, de Manu en los antiguos textos hindús, el Matsya Purana y Shatapatha Brahmana, la épica babilónica Gilamesh, o en el Popol Vuh el dios Huracán, de donde proviene la palabra, que desata un diluvio. Un elemento en común en algunas de estas milenarias historias es que la humanidad es castigada, destruida por su maldad. El elemento en común con Glasgow es que el hombre tiene la culpa; la diferencia es que los antiguos exigían la obediencia a Dios, mientras que en el siglo XXI demandan la obediencia al gobierno.

El artículo de NG cita a expertos, “algunos países que sufren muchos de los peores impactos del cambio climático, como Tuvalu, en el Pacífico, o la castigada por huracanes Antigua y Barbuda en el Caribe, son los que menos han contribuido a la contaminación. Por lo tanto, dicen, aquellos con mayor culpa tienen que asumir más de los costos de componer el problema y ayudar a los países menos desarrollados a adaptarse”. Otro: “Estamos en una situación desesperada”, dice Harjeet Singh, un experto climático global, “los países desarrollados arruinaron el planeta y ahora tienen que pagar a los países en desarrollo para apoyar la transición”. Es lucha de clases, traducida a países.

En vista de que la declaración conjunta final de Glasgow requería la aprobación de los 197 países firmantes, las conclusiones, por fortuna, son un tanto tibias; los compromisos formales son aspiracionales. Eso sí, la plata fluirá: se mantiene el compromiso de US$100 mil millones anuales a los países en desarrollo para “mitigar el cambio climático”.

El rápido abandono de combustibles fósiles, en la forma de mandatos y regulaciones coercitivas, es peligroso para la civilización. Es irreal, como pretenden algunos gobiernos de países desarrollados, cumplir la promesa de alcanzar el objetivo que sus economías sean 50% carbono neutral para 2030, y lograrlo supondría costos y consecuencias más severas que el cambio climático. Más impuestos, regulaciones, prohibiciones, subsidios y repartición de dinero a países [gobiernos] pobres; no podrán controlar el nivel del mar. El masivo autoritarismo global que se asoma con fuerza en nombre del cambio climático creará expectativas imposibles de cumplir, especialmente porque va atado a la idea de un mundo más justo. Incumplir promesas puede causar más daño que el problema que pretende arreglar.