La buena noticia

Pueblos crispados

Víctor Manuel Ruano pvictorr@hotmail.com

La Patria Grande está en llamas porque no soporta más la injusticia y la iniquidad. Asistimos a una creciente conmoción social ante los desmanes de gobernantes corruptos que secuestraron la democracia e impiden el desarrollo integral, obstaculizan la lucha por la justicia y la paz. Los pueblos están agitados porque el “Buen Vivir” es de unos pocos, mientras las mayorías son descartadas. Desde Chile hasta México, pasando por CA hasta Haití, los ciudadanos despertaron y adquirieron conciencia ante la dura realidad a la que son sometidos por sistemas económicos y políticos que los oprimen y empobrecen.

Guatemala integra este panorama, aunque la ciudadanía permanece silenciada. Estamos dominados por una alianza criminal incrustada en el Congreso, solapada en las Cortes y muy activa en la Presidencia. Con este gobierno insolente, soberbio y alejado de la realidad retrocedimos enormemente. Internacionalmente el país está desprestigiado y aislado.

Para evadir la justicia y sostener una administración pública mediocre, errática e ineficiente se aliaron con los sectores más oscuros del militarismo, del empresariado y políticos mafiosos. Los respaldan el evangelismo y algunos eclesiásticos arribistas que hicieron de su sacerdocio una zona de confort, en complicidad con las élites, y un instrumento de poder, en contubernio con la perversa clase política.

Entre las causas de esta crisis en América Latina señalamos: el populismo de políticos de izquierda o derecha, que juegan con las necesidades de los más empobrecidos para usurpar el poder; el sistema económico neoliberal impuesto por el Fondo Monetario Internacional, diseñado para fabricar pobres y generar desigualdades sociales y enriquecimiento de unos pocos; la corrupción sistémica que cooptó las instituciones y pervirtió el quehacer político, por la vía del enriquecimiento ilícito y la incursión del narcotráfico; la pérdida de independencia del sistema de justicia, con jueces corruptos y “abogansters” que controlan las Cortes para favorecer al crimen organizado, la impunidad y corrupción; y el pésimo papel de EE. UU. hacia América Latina, bajo la administración del “Nerón del Norte”.

En el contexto de esta conmoción social sitúo el mensaje del papa Francisco para la III Jornada Mundial de los Pobres, celebrada el domingo pasado, con la consigna: “La esperanza de los pobres nunca se frustrará”, y el llamado a luchar para que los pobres recuperen “la esperanza perdida a causa de la injusticia, el sufrimiento y la precariedad de la vida”. Dios no es indiferente ante “la condición del pobre” ni “la arrogancia del que lo oprime”. Él quiere “que se restablezca la justicia y se supere la iniquidad”; escucha el clamor de miles de ciudadanos que salen a las calles a mostrar su indignación mientras gobernantes sordos siguen adelante con sus planes inicuos que causan desigualdad.

Al ver esa iniquidad social nos preguntamos: “¿cómo puede Dios tolerar esta disparidad? ¿Cómo puede permitir que el pobre sea humillado, sin intervenir para ayudarlo? ¿Por qué permite que quien oprime tenga una vida feliz mientras su comportamiento debería ser condenado precisamente ante el sufrimiento del pobre?” Esta desigualdad genera multitud de empobrecidos cuya condición es aún más dramática cuando se compara con la riqueza alcanzada por unos pocos privilegiados. En sociedades desiguales, “la gente arrogante y sin ningún sentido de Dios” persigue “a los pobres para apoderarse incluso de lo poco que tienen y reducirlos a la esclavitud”.

La crisis económica “no ha impedido a muchos grupos de personas un enriquecimiento que con frecuencia aparece aún más anómalo si vemos en las calles de nuestras ciudades el enorme número de pobres que carecen de lo necesario y en ocasiones son además maltratados y explotados”. Por eso vuelven a la mente las palabras del Apocalipsis: «Tú dices: “soy rico, me he enriquecido; y no tengo necesidad de nada”; y no sabes que tú eres desgraciado, digno de lástima, ciego y desnudo”.