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¿Qué significa “pecado”?

Mario Alberto Molina mariomolinapalma@gmail.com

Uno de los conceptos claves en la antropología teológica cristiana es el de pecado. Pero ¿puede este término traducirse a un lenguaje secular, para hacerse inteligible a quien no comparte el lenguaje de la fe? El esfuerzo de traducción es importante, pues el concepto designa una realidad de interés más allá del círculo de creyentes.

El concepto de pecado echa sus raíces en la realidad de las cosas. El mundo y la humanidad son consistentes, tienen una estructura y un orden intrínseco. El hombre puede conocerse y también conocer las cosas, y determinar sus cualidades, utilidad y naturaleza. El creyente descubre en estas características la huella de Dios creador. El pecado también se refiere a Dios. Él cuida de su creación y, en particular, de la humanidad y de cada uno de sus miembros. Dios quiere que sus creaturas actúen con orden, con justicia, de acuerdo con lo que son y alcancen el fin para el que fueron creadas.

Pero las personas están dotadas de libertad. Por eso, con frecuencia, sus acciones son inexplicablemente contrarias al orden constitutivo del mismo sujeto que actúa, de la sociedad y de las cosas y causan destrucción. Un ejemplo. Las personas tienen capacidad de hablar, sea para informar, entretener, gobernar. Cuando una persona habla para informar utiliza bien el lenguaje, si dice la verdad. De ese modo construye la comunicación y fortalece las relaciones sociales. Pero si pretendiendo informar miente, entonces se pervierte el lenguaje y el engaño destruye las relaciones sociales. La capacidad destructiva o constructiva de las acciones humanas surge de la perversión de la naturaleza de las cosas y no por una decisión de alguna autoridad.

A partir de la experiencia, de la observación y de la reflexión se puede elaborar un elenco de acciones constructivas y destructivas en los diversos ámbitos de la vida personal y social. La ética se dedica precisamente a esa tarea: observa las acciones humanas en todos los ámbitos de sus posibilidades, tales como la salud e integridad de las personas, la familia y sus relaciones internas, el trabajo y las relaciones laborales, el lenguaje y la comunicación, el ejercicio de la sexualidad, los negocios y la política y el mismo culto a Dios, e identifica qué acciones construyen y cuáles destruyen.

La clasificación de estas acciones es tan importante para la vida personal y social que, en la revelación judeocristiana, Dios mismo les ha dado su sanción promulgándolas como su ley moral. La sanción divina simplemente reconoce que una acción, sea constructiva o destructiva, no la hace tal. Dios que nos creó quiere también que nos construyamos como personas y como sociedad desde nuestra libertad y alcancemos nuestra realización, que es la vida con Él. Pero incluso cuando se prescinde de Dios, las acciones contrarias a la naturaleza de las cosas causan igualmente destrucción y son adversas al bien de las personas y de la sociedad.

Por eso el concepto de pecado es de interés más allá del círculo de los creyentes. Define las acciones contrarias a los principios éticos que dimanan de la realidad de las cosas y que impiden que las personas y sociedades se construyan a sí mismas. La sociedad secular no tiene otro remedio para algunas acciones destructivas de los ciudadanos que el sistema judicial y penitenciario. Pero en el ámbito de la fe, Dios ha manifestado que quiere ejercer su poder creador para sanar a las personas de su pasado de acciones destructivas, y darles la posibilidad de comenzar de nuevo. El proceso de conversión, reparación, enmienda y nuevo inicio que estructura la opción de la fe se refiere precisamente a esa intervención creadora de Dios en la vida del creyente.